Darnay se apresuró a acceder a los deseos manifestados por el caballero.

—Supongo que no estará usted aquí «en secreto»—repuso el caballero, siguiendo con la vista al alcaide que en aquel momento cruzaba la estancia.

—Dos o tres veces he oído pronunciar esa consigna refiriéndose a mí, pero ignoro lo que puede significar.

—¡Oh, que lástima! Muy de veras lo lamentamos... Pero no se desanime usted. Son muchos los que han venido aquí «en secreto» y luego se ha modificado su situación.

Seguidamente añadió alzando la voz:

—Con profundo pesar informo a mis compañeros que... en secreto.

Mientras Carlos Darnay se dirigía a la puerta defendida con gruesa reja junto a la cual le esperaba el alcaide, alzáronse fuertes murmullos de conmiseración, mezclados con frases de piedad de las mujeres, que se esforzaban por infundirle aliento. Llegado a la puerta mencionada, volvióse Carlos y dió las gracias a los que dejaba desde el fondo de su corazón. Cerróse la puerta empujada por la mano del alcaide, y las apariciones espectrales se borraron para siempre.

Daba acceso la puerta a una escalera de caracol, por la cual subió Darnay siguiendo a su guía. Después de subir cuarenta peldaños, contados concienzudamente por el prisionero de media hora, abrió el alcaide una puerta baja y muy negra y entró en una celda solitaria. Era muy fría, olía a moho, pero no estaba obscura.

—La tuya—dijo el alcaide.

—¿Por qué me encierran solo?