—Sin duda vuelven—pensó Lorry.

Permaneció sentado y escuchando; mas como no oyera rumor de pasos en el vestíbulo, como esperaba, ni sonara tampoco la verja al ser cerrada de nuevo, asaltaron al buen Lorry temores vagos con respecto al Banco. Tranquilizóse, sin embargo, convencido de que estaba bien guardado por hombres de confianza absoluta. Iba a reanudar sus tareas, cuando bruscamente se abrió la puerta de su habitación y en su umbral aparecieron dos personas, a cuya vista retrocedió Lorry, presa del pasmo más violento que en su vida experimentara.

Lucía y su padre; Lucía, que le tendía con ademán suplicante las manos y le miraba con expresión de quien en sus ojos tiene concentrada su vida entera.

—¡Lucía... Manette!... ¿Qué es esto?—exclamó Lorry, con asombro indescriptible—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Qué les trae aquí?

Lucía, pálida como un cadáver, cayó sollozante en los brazos del anciano amigo de su infancia.

—¡Oh... amigo querido! Mi marido...

—¿Su marido, Lucía?

—Carlos.

—¿Qué hay de Carlos?

—Aquí... en París.