—Acato sumisa sus deseos, porque veo en su cara que no puedo ni debo hacer otra cosa, y que en mi conveniencia inspira usted sus palabras.
Lorry besó a Lucía e inmediatamente la acompañó a su habitación donde la dejó, cerrando, al salir, con llave la puerta. Volvió presuroso a reunirse con el doctor, abrió la ventana que daba al jardín, puso su diestra sobre el hombro de su amigo, y se asomó, indicando a éste que hiciera lo propio.
Ante sus ojos había un grupo compacto de hombres y de mujeres, no muchos, es decir, no los bastantes, ni con mucho, para llenar el jardín, pues no pasarían de cuarenta o cincuenta. Las personas que ocupaban la casa les habían franqueado la entrada para que utilizasen la piedra de afilar, instalada allí para el servicio público, sin duda.
Parece que nada de particular debería tener una piedra de afilar, ni mucho menos que a ella se acercasen afiladores; pero hiela la sangre pensar en aquellos horribles afiladores, tanto por su aspecto cuanto por la índole del trabajo, mejor dicho, por el objetivo del trabajo que realizaban.
Daban vueltas a la piedra dos hombres cuyas caras eran más horribles y de expresión más cruel que las de los salvajes más feroces cuando ostentan sus prendas y pinturas más bárbaras. Falsas cejas y bigotes falsos servían de adorno a unos rostros repugnantes, todos salpicados de sangre, rostros contraídos por la ira y el desenfreno. Mientras aquellos desalmados daban a la piedra vueltas y más vueltas, algunas mujeres aproximaban a sus labios vasijas llenas de vino. La escena no podía ser más nauseabunda ni más feroz. Sangre, vino y fuego eran los elementos constitutivos del cuadro; sangre que llenaba las caras y las manos de todos los monstruos que allí había, vino que rezumaban sus hediondas bocas, y fuego que brotaba en chispas brillantes de la piedra de afilar. Empujándose y atropellándose unos a otros en su afán de afilar cuanto antes sus instrumentos de matanza, se veían hombres desnudos de cintura arriba, tintos en sangre los brazos, los cuellos, las caras y el cuerpo; hombres cubiertos de harapos, con los harapos tintos en sangre; hombres engalanados con prendas de vestir mujeriles, con encajes, cintas y sedas, y las sedas y las cintas y los encajes tintos en sangre. Hachas, cuchillos, bayonetas, sables, espadas, todos los instrumentos que afilaban estaban tintos en sangre. Algunos llevaban las espadas o las hachas sujetas a las muñecas con tiras de tela o pedazos de vestidos; las ligaduras variaban, pero no el color, todas eran rojas.
Lorry y el doctor retrocedieron no bien tropezaron sus ojos con la repugnante escena.
—Están asesinando a los prisioneros—dijo Lorry, contestando a la pregunta muda que el doctor acababa de dirigirle.—Si tiene usted seguridad de lo que dice, si realmente posee la influencia que cree poseer, y que yo también creo que posee, dése a conocer a esos demonios y hágase llevar a La Force. Puede que sea ya tarde, quién sabe; pero de todas suertes, no pierda ni un segundo.
El doctor Manette estrechó la mano de su amigo y, sin contestar palabra, sin cubrirse siquiera, bajó al jardín.
Su pelo blanco como la nieve, su rostro, que no podía menos de llamar la atención, la decisión con que apartó las armas de aquella turba de monstruos, le abrieron el camino hasta el centro de la reunión, hasta la misma piedra de afilar. Lorry observó que callaban todos, que en medio de un silencio solemne se alzaba vibrante la voz del anciano, que todos escuchaban atentos, que todos miraban al orador con el respeto más profundo; y al cabo de breves minutos, vió que más de veinte hombres formaban compacto grupo, que rodeaban al doctor y, entronizándolo sobre sus hombros, salían a la calle gritando con entusiasmo delirante:
—¡Viva el prisionero de la Bastilla!