La casa del doctor parecía la casa de los ecos. A la mención de los agitados paseos nocturnos del doctor, contestó el ruido de pasos que se acercaban, y a éstos, la terminación de la conferencia.

—¡Ya están aquí!—exclamó la señorita Pross, poniéndose vivamente en pie.—No tardarán en llegar a esta casa las gentes por cientos.

Tan maravillosas condiciones acústicas reunía aquella casa, que con toda propiedad se la hubiera podido llamar el oído del distrito. Lorry, que asomado a la ventana oía perfectamente el rumor de los pasos del padre y de la hija, creyó que no iban a llegar nunca. No sólo llegaban hasta él los ecos de los pasos de los que se aproximaban, sino también otros muchos que se extinguían cuando más cerca parecían estar. Al fin apareció el doctor dando el brazo a su hija, a los que recibió en la puerta de la casa la señorita Pross.

Era encantador ver a la señorita Pross, no obstante su fealdad, su encendido color rojo y su expresión ceñuda, apresurándose a quitar el sombrero a su señorita mientras ésta subía la escalera; cómo, para no mancharlo, se envolvía los dedos con el pañuelo de bolsillo, cómo intentaba quitarle el polvo soplando sobre él, cómo ahuecaba su espléndida cabellera rubia con tanto orgullo y satisfacción como hubiera podido hacerlo con la suya propia, suponiendo que ella hubiera sido la mujer más hermosa y más vana de la creación. Era también encantador ver a la señorita abrazando a su doncella, dándole las gracias y protestando contra tanta atención y tanto trabajo, bien que protestando con la risa en los labios, pues de no hacerlo así, la señorita Pross, profundamente dolorida, se hubiese retirado a su cuarto para pasarse en él el día llorando. No era menos encantador ver al doctor contemplándolas con arrobamiento y oir cómo decía a la señorita Pross que echaba a perder a Lucía a fuerza de atenciones y cuidados, pero con acento tan dulce y mirada tan tierna, que bastaban, y aun sobraban, para echar también a perder a la señorita Pross y a cien más como ella, y finalmente, era asimismo encantador ver al señor Lorry arreglándose su peluquín y dando mentalmente gracias a su estrella que, si le hizo solterón empedernido, dejóle entrever, en los años de su vejez, las puras alegrías de un hogar. Todo era encantador, pero los cientos de personas que debían girar en torno de Lucía no parecían por ninguna parte, y en vano esperaba el buen Lorry el cumplimiento de la profecía de la señorita Pross.

Llegó la hora de sentarse a la mesa, pero no llegaban los cientos.

En la distribución de las faenas domésticas, la señorita Pross se había reservado el cetro de las regiones más bajas de la casa, y es preciso confesar que lo manejaba a maravilla. Imposible llevar a mayor grado de perfección sus comidas, modestas en sí, pero admirablemente guisadas y más admirablemente servidas, con arreglo a un gusto mitad francés y mitad inglés. Como quiera que la adhesión de la señorita Pross era eminentemente práctica, había registrado hasta los últimos rincones de Soho y de los territorios adyacentes en busca de franceses pobres que, tentados por el alegre tintineo de los chelines y de las medias coronas, la revelaron todos los misterios del arte culinario. Tantos y tan maravillosos conocimientos aprendió de aquellos hijos e hijas de la Galia, que la mujer y la muchacha que formaban la servidumbre de la casa veían en ella una hechicera, una abuela de la Cinderella capaz de tomar en sus manos un pollo, un conejo, o un par de patatas, y convertirlas en el manjar que se le ocurriese.

Sentábase los domingos la señorita Pross a la mesa de la familia del doctor, pero en los días restantes de la semana solía comer a horas desconocidas, bien en las regiones bajas, bien en su habitación, situada en el piso segundo, vedada a todo el mundo, excepción hecha de la señorita Lucía. En la comida del domingo a que se contrae este relato, la señorita Pross, correspondiendo a la alegría que reflejaba el rostro de la hija del doctor, y deseando agradarle, se abandonó a una animación inusitada, y como consecuencia, el rato que los comensales pasaron en la mesa resultó agradabilísimo.

Era un día de calor sofocante, en vista de lo cual, a los postres, propuso la señorita Lucía ir a beber el vino bajo el plátano silvestre del patio, donde podrían disfrutar de un ambiente más agradable. Como todo el mundo ansiaba dar gusto a la mimada de la casa, al patio salieron inmediatamente y tomaron asiento bajo el plátano, donde Lucía, que desde algún tiempo antes se había asignado a si misma el cargo de copero del señor Lorry, escanció el vino. Remates de casas próximas parecían asomar las cabezas sobre las cercas del patio mientras los reunidos hablaban, y las hojas del plátano susurraban en sus oídos las palabras rumorosas propias de sus barnizadas lenguas.

La comida había terminado, pero los cientos de visitantes no se presentaban. Cuando los comensales estaban sentados bajo el plátano llegó el joven Darnay, pero no era más que uno.

Dispensóle el doctor Manette un recibimiento cordial y otro tanto hizo su hija. La señorita Pross, acometida de súbito de una sensación de cosquilleo en la cabeza y resto del cuerpo, retiróse al interior de la casa. Parece que frecuentemente era víctima de aquel desorden, que ella, en el seno de la familia, solía llamar «un ataque de nervios».