Antonio de Otermín, que era entonces gobernador y capitán general de Nuevo Méjico, fué atacado en su capital de Santa Fe por un ejército de indios muy numeroso. Los 120 soldados españoles que estaban encerrados en su pequeña ciudad de adobe, pronto se hallaron en la imposibilidad de resistir por más tiempo al enjambre de sitiadores, y después de una semana de desesperada defensa, hicieron una salida y se abrieron paso hasta ponerse a salvo, llevándose consigo sus mujeres y sus hijos. Se retiraron después Río Grande abajo, evitando una emboscada que les habían preparado los indios en Sandia; llegaron al pueblo de Isleta, doce millas más abajo de la antigua ciudad de Alburquerque, sanos y salvos; pero la aldea estaba desierta y los españoles se vieron obligados a continuar su huída hacia El Paso (Tejas), que no era entonces más que una misión española para los indios.

En 1681 el gobernador Otermín hizo una incursión hacia el norte hasta el pueblo de Cochití, veinticinco millas al oeste de Santa Fe, en la margen del Río Grande; pero los indios hostiles le obligaron a retirarse de nuevo a El Paso. En 1687, Pedro Reneros Posada llevó a cabo otra arremetida en Nuevo Méjico y tomó el pueblo roqueño de Santa Ana, después de un brillante y sangriento asalto. Pero también tuvo que retirarse. En 1688, Domingo Gironza Petriz de Cruzate, el más bizarro soldado de Nuevo Méjico, realizó una expedición en la que tomó por asalto el pueblo de Zía, hecho todavía más notable que el de Posada, y a su vez se retiró a El Paso.

Por último, el conquistador definitivo de Nuevo Méjico, Diego de Vargas, llegó en 1692. Marchando a Santa Fe, y de allí hasta el fin de Moqui, con sólo ochenta y nueve hombres, visitó todos los pueblos de la provincia, sin encontrar oposición por parte de los indios, los cuales habían sido completamente acobardados por Cruzate. Volviendo a El Paso, regresó a Nuevo Méjico en 1693, esta vez con unos ciento cincuenta soldados y unos cuantos colonos. Entonces estaban los indios preparados y le hicieron la más sangrienta recepción de que hay memoria en Nuevo Méjico. Se levantaron primero en Santa Fe, y tuvo que asaltar esa ciudad, que logró tomar después de dos días de lucha. Luego comenzó el sitio de Mesa Negra de San Ildefonso, el cual se prolongó durante nueve meses. Los indios habían trasladado su aldea a la cima de aquel Gibraltar de Nuevo Méjico, y allí resistieron cuatro atrevidos asaltos, hasta que por fin se vieron obligados a rendirse.

Entre tanto Vargas había asaltado la inexpugnable ciudadela de San Diego Viejo y el saliente risco de San Diego de Gemez, dos proezas que con el asalto del Peñol de Mistrol (Jalisco, Méjico) y el de la ingente roca de Acoma, pueden considerarse como los dos asaltos más maravillosos en toda la historia de América. La toma de Quebec no puede compararse con ellos.

Estas costosas lecciones tuvieron a los indios quietos hasta 1696, en que de nuevo se levantaron. Esta rebelión no fué tan formidable como la primera; pero ocasionó otro derramamiento de sangre en Nuevo Méjico, y sólo pudo sofocarse después de una lucha de tres meses. Ya los españoles eran dueños de la situación; y la dominación de esa revuelta puso fin a todos los disturbios de los indios pueblos, los cuales subsisten hasta hoy entre nosotros casi en el mismo número de entonces, aun cuando con menos ciudades, como una raza quieta, pacífica, cristianizada, de labradores industriosos, que son monumentos vivos del humanitarismo y la enseñanza moral de sus conquistadores.

Luego vino el último siglo, una lúgubre centuria de incesante hostilidad por parte de los apaches, navajos y comaches, y alguna que otra vez por los utes; hostilidad que apenas había cesado hace diez años. Las guerras con los indios eran tan constantes; tan innumerables las exploraciones [como esa asombrosa tentativa para abrir un camino desde San Antonio de Béjar (Tejas) a Monterrey de California] que el heroísmo individual de aquellos hombres se pierde en su pasmosa multitud.

Hace más de dos siglos los españoles exploraron Tejas, y no tardaron en establecerse allí. Hubo algunas pequeñas expediciones; pero la primera de alguna magnitud fué la de Alonso de León, gobernador del Estado mejicano de Coahuila, que hizo extensas exploraciones en Tejas en 1689. Al principio del siglo pasado había varios poblados y presidios españoles en lo que más de cien años después debía ser el más vasto de los Estados Unidos.

La colonización española de Colorado no fué muy extensa, y no tenían ciudades al norte del río Arkansas; pero hasta en poblar dicho Estado nos precedieron de medio siglo, como se adelantaron varios siglos en descubrirlo.

En California los españoles fueron muy activos. Durante largo tiempo hicieron varias expediciones sin resultado. Entonces fueron los franciscanos, en 1769, a la bahía de San Diego; desembarcaron en la desierta playa, donde se yergue hoy un hotel americano que ha costado un millón de dólares, y en el acto empezaron a educar a los indios, a plantar olivares y viñedos y a construir las imponentes iglesias tan admirablemente descritas por el autor de «Ramona»[9], las cuales perdurarán sin duda como monumentos de una fe sublime hasta mucho después que la raza que las alzó desaparezca de la haz de la tierra.

California tuvo una larga serie de gobernadores españoles antes de adquirir nosotros aquel Estado-jardín de los Estados, y el último de ellos fué el valiente, el cortés, el amable anciano Pío Pico, que falleció hace poco. Los españoles descubrieron allí oro hace siglos, y lo explotaron diez años antes de que un «norteamericano» soñase en los preciosos depósitos que habían de influir tanto en la civilización, y con otros diez años de antelación, hallaron los ricos «placeres» de Nuevo Méjico.