La organización de los incas era, hablando en general, igual a la de cualquier otra tribu india. El oficial más preeminente en semejante tribu era, naturalmente, el que tenía a su cargo la dirección de los combates, esto es, el jefe de los guerreros. Era el que mandaba en la guerra; pero en los otros ramos del gobierno distaba de ser el único o el hombre de más alto rango. Y eso es sencillamente lo que fueron Huayna Capac y todos esos fabulosos reyes incas; capitanes guerreros con la misma influencia que tienen varios capitanes de guerra indios que conozco personalmente en Nuevo Méjico.

Los hijos de Huayna Capac eran también capitanes guerreros indios, y nada más; con la particularidad de que eran jefes guerreros de distintas tribus, rivales y enemigas. Atahualpa bajó desde Quita con sus guerreros indios y tuvo varios combates, haciendo finalmente prisionero a Huascar, a quien encerró en el fuerte indio de Jauja.

Así se hallaban las cosas cuando Pizarro se dirigió al interior. Y para que no se confunda el lector con la aserción de que los historiadores españoles explicaban de distintos modos la situación del Perú, conviene hacer otra aclaración. Los cronistas españoles ni decían más mentiras ni cometían más equivocaciones que nuestros propios exploradores que vinieron más tarde y escribieron con seriedad acerca del rey indio Philip, del rey indio Powhatan y de la princesa india Pocahontas. La etnología era entonces una ciencia desconocida. Ninguno de aquellos antiguos escritores comprendía la organización característica de los indios. Veían un hombre ignorante, desnudo, supersticioso, que mandaba a sus ignorantes secuaces y era persona de autoridad, y le llamaron «rey» porque no sabían qué otro nombre darle. Lo mismo hicieron los españoles. En aquella época no tenía el mundo más que una pequeña regla para medir los gobiernos y las organizaciones; y por muy ridículas que nos parezcan sus medidas, no era posible entonces medir mejor. No; las equivocaciones de los cronistas españoles eran tan sinceras y tan ignorantes como las en que incurriera Prescott tres siglos después, y a la verdad, no eran tan absurdas.

El Perú, sin embargo, era un país muy prodigioso para haber sido formado por simples indios desprovistos hasta de una organización o un espíritu nacional, que es el primer requisito para formar nación. Sus «ciudades» eran importantes, y en su construcción notábase bastante pericia; las granjas eran mejores que las de nuestros pueblos, porque eran allí indígenas la patata y otras plantas alimenticias entonces desconocidas en nuestra región del sudoeste, y estaban regadas por el mismo sistema de irrigación que era común a todas las tribus sedentarias. Eran los únicos indios que se dedicaban al pastoreo, y sus grandes rebaños de llamas eran un importante venero de riqueza; mientras que los géneros de lana de camello que ellos mismos tejían, no desdeñaban usarlos las empingorotadas damas españolas. Y sobre todo, sus toscos hornos de fundición les permitían presentar cierta pompa deslumbradora, que no era de esperar entre indios americanos; la verdad, nos causaría sorpresa entrar en las iglesias de cualquier ciudad del mundo y hallarlas tan esplendentes con placas, imágenes y netos de oro, como eran algunos de sus barbáricos templos. No podemos afirmar que nunca hiciesen sacrificios humanos; pero esos horrendos ritos eran raros y no podían compararse con los horrores que a diario llevábanse a cabo en Méjico. En los sacrificios ordinarios, la llama era la víctima.

Hacia la fortaleza de esa extraordinaria tribu india, se dirigía Pizarro al frente de su escasa tropa.


V

LA CONQUISTA DEL PERÚ