Por fin Atahualpa, ansioso de volver a capitanear sus fuerzas a toda costa, hizo una proposición tan estupenda, que los españoles a duras penas podían dar crédito a sus oídos. Si le dejaban en libertad, ofrecióles llenar de oro la habitación en que se hallaba prisionero, hasta la altura a que alcanzase con la mano, y otro aposento menor lo llenaría igualmente de plata. La pieza que debía llenarse con vasijas y objetos de oro (no había nada macizo como lingotes), dícese que tenía veintidós pies de largo por diez y siete de ancho; a la altura que marcó el cacique con la mano en la pared era de nueve pies sobre el nivel del suelo.


VI

EL RESCATE DE ORO

No cabe dudar que Pizarro aceptó esta proposición de buena fe. El carácter del hombre, su religión, las leyes de España y los indicios justificados que nos ofrece su habitual conducta, nos inducen a creer que tenía efectivamente la intención de poner en libertad a Atahualpa en cuanto se pagase su rescate. Pero circunstancias posteriores, que él no pudo evitar y por las que no debe culpársele, le obligaron a proceder de otra manera.

Los mensajeros de Atahualpa se diseminaron por el Perú a fin de reunir el oro y la plata necesarios para el rescate. Entre tanto Huascar, el cual se recordará que estaba prisionero en manos de la gente de Atahualpa, al enterarse del arreglo propuesto, envió un mensaje a los españoles exponiendo su cuita y reclamando sus derechos. Pizarro dió órdenes de que fuese conducido a Cajamarca para que expusiese allí su pretensión. El único modo de averiguar cuál de los dos jefes rivales tenía razón, era carearlos y pesar sus respectivas pretensiones. Pero esto no le convenía a Atahualpa. Antes de que Huascar pudiese ser llevado a Cajamarca, fué asesinado por sus guardianes indios, que eran hechura de Atahualpa, y, según opinión general, por orden del mismo Atahualpa.

El oro y la plata para el rescate fué llegando poco a poco. Históricamente no cabe dudar cuál era el plan de Atahualpa en aquel arreglo. Lo que hacía era simplemente ganar tiempo; hacer que los españoles esperasen y esperasen, hasta que él tuviese reunidas sus fuerzas para rescatarle, y entonces acabar con los invasores. De esto empezaron a darse cuenta los españoles. Por tentador que fuese el cebo de oro, sospecharon que detrás de él había una trampa. No tardaron en confirmarse sus sospechas. Empezaron a enterarse de que se reunían secretamente las fuerzas indias. Las noticias eran cada vez más ominosas, y ni siquiera el oro que llegaba todos los días y que a veces representaba un valor de 50,000 pesos, les cegaba hasta el punto de no ver el creciente peligro que corrían.

Era preciso conocer la situación mejor de lo que podían, estando encerrados en Cajamarca, y al efecto se encargó a Hernando Pizarro que fuese con un pequeño destacamento a explorar por Guamachucho, y después por Pachacamac, distante trescientas millas. Fué aquel un reconocimiento difícil y peligroso, pero en extremo interesante. Su marcha por la meseta de la cordillera fué sumamente penosa. El relato de grandes vías militares, no pasaba de ser un mito, aun cuando mucho se había hecho para mejorar las trochas; algo muy parecido al modo primitivo de los pueblos de Nuevo Méjico, sólo que en mayor escala. Las mejores, sin embargo, sólo tuvieron por objeto arreglar las veredas para las pisadas firmes de las llamas; pero con gran dificultad se podía arrastrar y empujar los caballos españoles por los trechos más escabrosos. Lo que muy especialmente llamó la atención de los españoles, fueron los toscos pero seguros puentes colgantes de vástagos con que los indios salvaban angostas pero terribles quebradas; mas aun esos oscilantes pasos eran difíciles de cruzar para los caballos.

Después de algunas semanas de penoso viaje el destacamento llegó a Pachacamac sin encontrar oposición alguna. Su famoso templo había sido despojado de sus tesoros; pero su renombrado dios—un grotesco ídolo de madera—allí quedaba. Los españoles derrocaron y destruyeron aquel fetiche pagano, y después purificaron el templo y erigieron en él un gran crucifijo, para dedicarlo al verdadero Dios. Explicaron a los indígenas, lo mejor que pudieron, lo que era el cristianismo, y procuraron inducirles a convertirse.