—Visiones, hija mía. No hagas caso. Acuéstate y descansa.

—¿Cómo quiere su merced que me acueste, si veo que se llevan a mi hija, la hija de mis entrañas?

—¿Pero quién se la lleva, mi vida?

—¿Quién se la lleva? ¿Pues no lo ve su merced? La Virgen Santísima. Se la lleva en los brazos. Debe estar muerta. ¡Ah!

—Ella no se ha muerto, no lo creas; le dijo débilmente seña Josefa, pues sobre este punto no estaba más segura que la enferma. Tu niña está viva y pronto la verás. Esos son sueños tuyos.

—Sueños, sueños, repitió la muchacha, distraída. ¿Yo soñaba? ¿No será más que un sueño? Pero, ¿y mi hija? ¿Dónde está? ¿Por qué me la han quitado? Y de que yo la perdiera su merced tiene la culpa, concluyó diciendo con iracundo ademán y acento.

No tuvo valor seña Josefa para replicar palabra, bien por no irritar más a la enferma con una contradicción poco menos que inútil, bien porque la acusación era directa y fundada. Sólo acertó a volver los ojos hacia su derecha, con lo que los de la enferma naturalmente siguieron la misma dirección y en consecuencia tropezaron con el bulto oscuro del desconocido, que hacía por ocultarse tras las colgaduras de la cama.

—¿Quién está ahí? preguntó apuntando con el dedo. ¡Ah! ¡El es, el ladrón de mi hija! ¡Mi verdugo! ¿Qué vienes a buscar aquí? ¿Vienes, basilisco, a gozarte en tu obra? A tiempo llegas. Gózate a tus anchas. Mi hija ha volado al cielo, lo sé, de ello estoy convencida, yo la seguiré muy pronto; pero tú, tú, causa de nuestra condenación y muerte, tú bajarás... al infierno.

—¡Jesús! exclamó seña Josefa santiguándose. Tú no sabes lo que dices. Calla.

Y anegada en lágrimas se arrojó sobre su hija con el doble objeto de impedirle que se levantara y de que siguiera en aquella terrible increpación contra el caballero desconocido. Por prudencia o por remordimiento, éste callaba e inclinó más la cabeza. El, de todos modos, estaba muy disgustado y luchaba consigo mismo a fin de tomar una resolución. Porque, previéndolo, había venido a ponerse al alcance de las recriminaciones, al parecer justas, de la enferma, quien aunque delirante, le echaba en cara la pérdida de su hija y la ruina de su razón. Mas no hizo por defenderse. Se sentía, al contrario, humillado, altamente ofendido por cuanto siendo sus intenciones las más puras, guiadas por el deseo del bien de todos los inmediatamente interesados, las resultas llevaban camino de ser muy desastrosas. A los ojos de su propia conciencia la justificación era fácil; el mundo, sin embargo, debía juzgarle por los hechos. Y a este juicio le tenía él horror cerval.