Dadas las 9 de la mañana, entró don Cándido Gamboa por el zaguán de su casa. Parecía cariacontecido, cansado y sudoso, no ya por el calor, que no dejaba de sentirse, aunque estábamos a fines de octubre, sino por la agitación de las primeras horas del día y los pensamientos que ocupaban su espíritu. Sin reparar en su esposa, que inquieta le aguardaba junto a la mesa del comedor, puesta ya para el almuerzo por el ágil Tirso, de la calle pasó derecho al escritorio, donde estaba el Mayordomo don Melitón Reventos encaramado en el banquillo, con la pluma detrás de la oreja y de codos en la carpeta, meditando sobre un pliego de papel español, escrito en renglones desiguales, a manera de versos de arte mayor, que tenía delante.
—¿Qué hace? le preguntó entrando don Cándido, sin darle los buenos días, acaso porque aquél era uno de los peores de su vida.
—Hacía el apunte de los efectos que ordena el Mayordomo de La Tinaja para la próxima molienda, y miraba si se me había escapado algo. El patrón Sierra estuvo aquí y dijo que salía...
—Deje Vd. eso de la mano, que no precisa, y vamos a lo que importa. Reventos, ahora mismo se pone Vd. la chaqueta y se va corriendito al baratillo de Suárez Argudín en el portal del Rosario, y recoge Vd. cuantas camisas de listado y pantalones de rusia tenga hechos, y le dice Vd. que los cargue en cuenta. Probable es que no tenga cuanto se necesita, 400 mudas; pero él puede completar el número en los otros baratillos de los paisanos. Mas en caso que ni así se consigan todas, 300, 250, 200, las que se puedan... ¿Qué remedio? Si no salvamos tantos, salvamos cuantos.
—¿Cuántos qué? preguntó Reventos, demasiado curioso para dejarlo para luego.
—Bultos, hombre, bultos, repuso brevente don Cándido. ¿No sabe Vd. que ha llegado el Veloz?
—¿Sí? A fe que no lo sabía.
—Pues ha llegado, mejor dicho, lo han traído al puerto. El número fijo a bordo no se sabe todavía. Las escotillas están clavadas, y dice el Capitán Carricarte que, aunque embarcó sobre 500, con el largo viaje y la atroz caza que le han dado los ingleses, se le han muerto algunos y tenido que echar al agua... muchos, vamos, la broza por fortuna. ¿Está Vd.? Ahora bien, tome las mudas de ropa, forme tres o cuatro líos, según; los conduce Vd. en un carretón al muelle de Caballería, frente a Casa Blanca, y se los entrega al patrón del guadaño Flor de Regla. Vd. le conoce. Bien, le entrega Vd. todo, que él está ya avisado y sabe a dónde ha de llevarse eso. Vd. le acompaña, pues que conoce al contador. ¡Eh! conque al avío. Se le guardará a Vd. el almuerzo si no da la vuelta en tiempo. De cualquier modo, la ropa debe estar a bordo antes de las once. ¿Lo oye Vd.?
El Mayodomo ido, de seguidas entró doña Rosa en el escritorio. Se paseaba su marido arriba y abajo agitado; mas al verla se detuvo por un instante esperando la pregunta, que, en efecto, no tardó ella en dirigirle:—¿Qué ocurre, Gamboa? Ahí va Reventos que se desnuca y tú aquí inquieto. Di, por caridad, ¿qué pasa?
—Lo de siempre, hija; que si seguimos como vamos, todavía los pícaros de los ingleses han de causar la ruina de este hermoso florón de S. M. C. el rey, que Dios guarde.