—¡Ah! Cándido, no te hagas ilusiones. Tú y tus amigos abrigan esperanzas, yo no. Cuando los ingleses agarran, no sueltan, tenlo por seguro. Cada vez me parecen más odiosos esos judíos protestantes. Vea Vd. ¿quién los mete en lo que no les va ni les viene? Yo me hago los sesos agua y no atino a comprender por qué se ha de oponer Inglaterra a que nosotros traigamos salvajes de Guinea. ¿Por qué no se opone también a que se traiga de España aceite, pasas y vinos? Pues hallo más humanitario traer salvajes para convertirlos en cristianos y hombres que vinos y esas cosas que sólo sirven para satisfacer la gula y los vicios.
—Rosa, los enemigos de nuestra prosperidad, quiero decir, los ingleses, no entienden esa filosofía, no la quieren entender tampoco; de otra manera tendrían más miramientos con nosotros los vasallos de una nación amiga y en otro tiempo aliada de la suya. Pero yo no les echo toda la culpa a ellos, a quienes culpo principalmente es a los que aconsejaron a nuestro augusto soberano don Fernando VII celebrar el tratado de 1817 con Inglaterra. Aquí está el mal. Por la miserable suma de 500,000 libras esterlinas los indiscretos consejeros del mejor de los monarcas concedieron a la pérfida Albión el derecho de visita de nuestros buques mercantes y de insultar, como insulta un día con otro, impunemente, el sagrado pabellón de la que no ha mucho fue señora de los mares y dueña de dos mundos. ¡Qué vergüenza! No sé cómo toleramos... Mas al caso, Rosa. Como te decía, la llamada repentina de Gómez ayer tardecita tuvo por objeto oír la historia de lo ocurrido con el Veloz, de boca del capitán Carricarte, que llegó a revienta cinchas del Mariel, y ver lo que se hacía por si era posible jugarle una buena a los ingleses; porque tú sabes que, hecha la ley, hecha la trampa. Cuando llegué a casa de Gómez, que serían cerca de las ocho...
—¿Cómo así? le interrumpió su mujer. Tú saliste de acá antes de las siete. ¿En qué te demoraste? ¿Cómo echaste más de una hora en ir a casa de Gómez?
—No me demoré en ninguna parte, no; repuso el marido, visiblemente embarazado. ¿Dije que serían cerca de las ocho? Pues cuenta que quise decir poco después de las siete, a las siete y cuarto, a las siete y media... La hora precisa no importa.
Parecía que no importaba; pero no dejó de llamar la atención de doña Rosa, que, yendo en carruaje su marido, para trasladarse de la esquina de la calle de San Ignacio y Luz, donde vivía, al extremo de la de Cuba, hacia el norte, donde se celebró la reunión, echase una hora, cuando esta distancia puede recorrerse a pie en la mitad de ese tiempo descansadamente. Natural fue que Doña Rosa, que parece no las tenía todas consigo, en tratándose de la lealtad conyugal de su marido, se callase, es cierto, mas a todas luces perdió el entusiasmo, y con éste el interés en lo que pensaba hacerse para salvar la presa y su cargamento. Advirtiéndolo don Cándido, pues harto conocía a su mujer, diose una palmada en la frente y dijo:
—¡Tate! me dilaté porque tuve que ver si Madrazo, el cual vive frente a Santa Catalina, era o no de la junta o le habían avisado. El Capitán Miranda puede decir la hora a que llegué a casa de Gómez. Esa fue la única parada que hice en el camino. Pío también es testigo. Vamos ahora al caso. Como te decía, cuando llegué a casa de Gómez, que tú sabes está allá lejos, frente a la muralla, encontré toda la gente reunida. Madrazo fue conmigo, Mañero entró después. Samá, Martiartu, Abrisqueta, Suárez Argudín y La Hera, sobrino de Lombillo, porque el tío había ido de carrera a su cafetal La Tentativa en la Puerta de la Güira; Martínez, Carballo, Azopardo y otros varios que, si bien no inmediatamente interesados en el cargamento del Veloz, como principales importadores que son de esclavos, deseaban informarse a fondo de lo ocurrido en el Mariel y de cómo nosotros pensábamos sacar el caballo del atolladero. Carricarte se mudaba de ropa en los entresuelos de la casa de Gómez, y bajó así que todos estábamos reunidos. Formábamos una corte regular en la sala baja. Depositó el Capitán unos papeles en la mesa del centro, y luego, sin más ceremonia, comenzó la relación de lo que le había pasado desde las costas de África hasta las de nuestra Isla. Dice que desde que salió de Gallinas, a fines de setiembre, navegó de bolina y mar bonancible hasta reconocer a Puerto Rico. Allí, sin embargo, una vela sospechosa por sotavento le hizo variar de rumbo. Durante la noche, siempre con viento fresco, volvió a su derrota, esperando avistar el Pan de Matanzas el día siguiente por la tarde. Hacia el oscurecer, en efecto, le avistó; pero la misma vela de antes se le presentó en lo más estrecho del canal de Bahama, empezando desde luego la caza. Dice Carricarte que su primera intención fue entrar en Arcos de Canasí. No fue posible: el crucero inglés, porque resultó serlo, como que llevaba la línea recta y más inmediata a la costa de Cuba, a pesar de los buenos pies del bergantín, siempre se presentaba a su costado, mayormente a la altura de las Tetas de Camarioca. Cerró la noche de nuevo, el Veloz se hizo mar a fuera y luego viró con ánimo de meterse en Cojímar, en Jaimanitas, en Banes, en el Mariel, en Cabañas, en el primer puerto sobre el cual le amaneciese. Aflojó el viento, por desgracia el terral le fue contrario, así que, cuando tornó a dar vista a la tierra, ya asomaba el sol y el crucero amagaba ganarle el barlovento. Vio entonces Carricarte que no podía escapar sino a milagros, por lo que resolvió jugar el todo por el todo. Dio orden, pues, de despejar el puente, a fin de facilitar la maniobra y aligerar el buque lo que se pudiese, y como lo dijo lo hizo. En un santiamén fueron al mar los cascos del agua de repuesto, no poca jarcia y los fardos que había sobre cubierta...
—¿Los bozales quieres decir? ¡Qué horror! exclamó doña Rosa, llevándose ambas manos a la cabeza.
—Pues es claro, continuó Gamboa imperturbable. ¿Tú no ves que por salvar 80 ó 100 fardos iba a exponer su libertad el Capitán, la de la marinería y la del resto del cargamento, que era triple mayor en número? El obró arreglado a sus instrucciones: salvar el barco y los papeles a toda costa. Además, había que despejar el puente y aligerar, como te he dicho. No había tiempo que perder. ¡Pues no faltaba otra cosa! Eso sí, dice Carricarte, y yo lo creo, porque él es mozo honrado y a carta cabal, que en la hora del mayor peligro sólo tenía sobre cubierta los muy enfermos, los enclenques, aquéllos que de todos modos morirían, mucho más pronto si los volvían al sollado donde estaban como sardinas, porque fue preciso clavar las escotillas.
—¡Las escotillas! repitió doña Rosa. Es decir, las tapas de la bodega del buque. De manera que los de abajo a estas horas han muerto sofocados. ¡Pobrecitos!
—¡Ca! dijo don Cándido con el más exquisito desprecio. Nada de eso, mujer. Sobre que voy creyendo que tú te has figurado que los sacos de carbón sienten y padecen como nosotros. No hay tal. Vamos, dime, ¿cómo viven allá en su tierra? En cuevas o pantanos. Y ¿qué aire respiran en esos lugares? Ninguno, o aire mefítico. ¿Y sabes cómo vienen? Barajados, quiere decir, sentados uno dentro de las piernas de otro, en dos hileras sucesivas, cosa de dejar calle en el medio y poder pasarles el alimento y el agua. Y no se mueren por eso. A casi todos hay que ponerles grillos, y a no pocos es fuerza meterlos en barras.