—Al caso, terció doña Rosa en tono blando, pues conoció que iba a armarse una disputa interminable.

—Al caso, repitió el Mayordomo, entonces más en caja. Pues como decía, ha salido la cosa mejor de lo que esperábamos. Marché, ¿qué digo? partí como una saeta para el portal del Rosario y me entré de rondón en el baratillo de don José a pesar que el mozo de las vidrieras, en el portal, lo mismo que los otros dos detrás de los mostradores dentro, creyendo que iba a comprarles la tienda en peso, me tira éste del brazo, aquél de la chaqueta... Vd. sabe que ellos son bromistas y más pillos, que ya...

—Lo que sé, repuso don Cándido molesto, es que Vd. gasta una pachorra...

—Pues decía, continuó como si no hubiese oído a su amo, que me costó algún trabajillo deshacerme de esos bellacos. ¿Dónde está don José? pregunté a don Liberato. Quiero ver a don José. Traigo un recado urgente para él. ¡Chite! me dijo el mozo; ahora está muy entretenido para que Vd. le vea. Venga acá, y me llevó por la mano a la puerta del patio, y agregó:—Véale. En efecto, muy acicalado estaba y arrimadito a la pared, en interesante conversación por señas y medias palabras, con la sombra de una mujer que se entreveía a través de las persianas del balcón en el principal de la casa. Sólo vi dos ojazos como dos carbones encendidos y la punta de unos deditos de rosa asomándose de cuando en cuando por entre los listoncillos verdes. ¿Qué significa eso? pregunté a don Liberato. ¿No lo entiende Vd.? me contestó. Nuestro don José que se aprovecha de la ausencia del paisano y amigo en el campo para camelarle la hermosa dama.

Don Cándido y doña Rosa cambiaron una mirada de inteligencia y de asombro, y el primero dijo:

—Don Melitón de mis culpas ¿qué tenemos que hacer nosotros con un cuento con todos los visos de calumnia?

—¡Calumnia! repitió el Mayordomo serio. Pluguiera al cielo. Nada de eso; ya verá Vd. mis trabajos, ya. No se puede negar que es el más buen mozo que ha salido de Asturias. Y su pico de oro, porque sabe hablar, que ya... Es cosa notoria que ahora años, cuando el sistema constitucional, le comparaban con el divino Argüelles, y una vez le pasearon en triunfo en esos mismos portales de la Plaza Vieja. Y, con perdón de la señora doña Rosa, todo eso le peta mucho a las mujeres, y la Gabriela que es joven y bella... ya, ya. La intención, las ausencias del marido, las galanterías, el diablo que nunca duerme...

—Don Melitón, saltó otra vez Gamboa muy molesto, ¿de quién nos habla Vd.?

—¡Toma! Pues creía que me estaba Vd. atento. Le hablo de don José, mi paisano, y de la Gabriela Arenas. No parece hija del país por lo blanca y rosada.

Doña Rosa, que era criolla y que no lo tenía a menos, se sonrió al oír la grosería de su Mayordomo, el cual prosiguió: