Una tarde, entre otras, pasaba la chica, como de costumbre, a la carrerita, por cierta calle de que no hay para qué mencionar ahora el nombre. Asomadas a una de las altas y anchas rejas de hierro de las ventanas de una casa de apariencia aristocrática, estaban dos niñas poco más o menos de su edad y una joven de 14 a 15, las cuales, como viesen pasar aquella exhalación, según se expresó una de ellas mismas, excitada grandemente la curiosidad de todas, la llamaron con instancia. No se hizo de rogar la mozuela, antes se entró, desde luego por el zaguán, y se presentó con mucho desembarazo a la puerta de la sala, donde ya la esperaba el grupo de las tres jovencitas. Allí, éstas la tomaron por la mano y la llevaron delante de una señora algo gruesa, vestida con mucho aseo, que estaba arrellanada en un ancho sillón y descansaba los pies en un escabel.
—¡Ah! exclamó ésta cuando la hubo visto de cerca. ¡Y qué mona es! Dicho lo cual se enderezó en el asiento, operación que le costó un buen esfuerzo, y agregó:
—¿Cómo te llamas?
—Cecilia, respondió vivamente.
—¿Y tu madre?
—Yo no tengo madre.
—¡Pobrecita! ¿Y tu padre?
—Yo soy Valdés, yo no tengo padre.
—Esa está mejor, exclamó la señora recapacitando.
—Papá, papá, dijo la mayor de las señoritas dirigiéndose a un caballero que estaba recostado en un sofá a la derecha del estrado. Papá, ¿ha visto Vd. niña más preciosa?