—¿Qué importa? ¿Quién dijo miedo? No es lejos tampoco. Detrás de Santa Teresa.

—No sé qué sacaré yo con ir hasta allá.

—Tal vez un desengaño.

—Pues para eso no voy. No quiero desengaños tan temprano.

—Es preciso que vengas, mujer. Te interesa, te lo repito. Pronto.

—No estoy vestida ni peinada.

—No le hace. En un momento te pones el túnico, te alisas el pelo, te echas la manta por la cabeza y naide te conoce. Yo te ayudaré.

—Nene, ¿cómo dejamos la casa?

—Le echamos la llave a la puerta, y ojos que te vieron ir, paloma torcaza. Vamos, anda. No hay tiempo que perder. Podemos llegar tarde, cuando haygan volado los pájaros.

—Me da vergüenza salir a la calle de trapillos.