—Porque, contestó la abuela como distraída, no sé verdaderamente, mi alma, no lo sé, no podría decirlo si quisiera..., pero es claro y constante, niña, que esa gente es muy mala.
—¡Mala! repitió Cecilia azorada, ¿y me hicieron tantas caricias, y me dieron dulces, y raso para zapatos? ¡Si tú supieras lo que me chiquearon...!
—Pues no te fíes, niña. Tú eres muy confiada y eso no está bien. Por lo mismo que te chiquearon tanto debías de andar con cuatro ojos. Querían atraerte para hacerte algún daño. Uno no puede decir de qué son capaces las gentes. ¡Tantas cosas suceden ahora que no se veían en mi tiempo...! Cuando menos lo que procuraban era que te descuidaras, para coger unas tijeras y ¡tris! tumbarte el pelo. Sería una lástima, porque tú lo tienes muy hermoso. Además, que ese pelo no te pertenece, sino a la Virgen, que te salvó de aquella grave enfermedad... ¡Acuérdate! Yo le ofrecí que si te ponías buena le daría tu cabellera para adornar su efigie en Santa Catalina. No te fíes te digo.
Esto diciendo, le cogía la cabeza a la nieta entre ambas manos y le desparramaba los copiosos rizos por la espalda y los hombros.
—Sí, replicó Cecilia apretando los labios y levantando con aire de desdén la frente, como yo soy tan boba para que me engañen así, así...
—Sin embargo, hija, lo mejor de los dados es no jugarlos. Yo bien sé que tú eres una muchacha dócil y entendida; pero estoy cierta que no conoces a esa gente. Mira, no les hagas caso; aunque se les seque el gañote llamándote, no vayas a donde están. Mas ahora que me acuerdo: lo mejor es que ni por cien leguas te acerques por su rededores. Luego, ese hombre que tú misma dices que donde quiera que te topa te pone mala cara. ¡Sabe Dios quién será! Aunque no debemos pensar mal de nadie, con todo, como puede ser un santo puede ser un de... (Y se persignó sin concluir la palabra.) El Señor sea con nosotras. Además, Cecilia, tú eres muy inocente, algo atolondrada, y en esa casa... ¿Tú no lo sabes? hay una bruja que se roba a las muchachas bonitas. Por milagro de su Divina Majestad has escapado. Tú estuviste allí por la tarde, ¿no?
—Por la tardecita; todavía no habían encendido las luces en las casas.
—¡Ay de ti si llegas a entrar de noche! Vamos, no vayas más en tu vida a esa casa, ni pases tampoco por la cuadra.
—¡Anjá! Con que allí vive también un muchacho ya grande, que a cada rato lo topo por Santa Teresa con un libro debajo del brazo. Siempre que me ve me quiere coger, me corre detrás y sabe mi nombre...
—Estudiante, perverso, como todos ellos. Cuando menos se le cayó de las uñas al mismo Barrabás. Pero voy viendo que tú tienes una cabecita dura como una piedra, y que por más que me afano en aconsejarte no consigo nada. En efecto, ¿quién ha visto que una niña tan linda como tú se ande azotando calles, con la chancleta arrastro y el pelo suelto y desgreñado, hasta las tantas más cuantas de la noche? ¿De quién aprendes estas malas mañas? ¿Por qué no me has de hacer caso?