De seguidas una criada avisó a Isabel que el Contramayoral la esperaba en el otro lado del pórtico. Pidió ella permiso a los huéspedes. Su padre, hablando con éstos, explicó el motivo de su ausencia diciendo:—Es mi Mayordoma, cajera y tenedora de libros, y cree que primero es la obligación que la devoción. Lleva cuenta del café que se recolecta, del que se descascara, escoge y ensaca, del que se remite a La Habana. Cuando se vende, glosa ella las cuentas del refaccionista, cobra y paga. Todo como un hombre. En una palabra, desde que murió mi esposa, que santa gloria haya, mi Isabel está hecho cargo de la casa, del cafetal y de todos mis negocios. ¡Ay! No sé qué sería de mí si también ella me faltase.
¿Quién era el Contramayoral? Un negro como un trinquete, del color de la pez, cari-ancho, de aspecto franco y mirada inteligente. No bien se apareció su ama, la hizo una genuflexión para pedirla su bendición, porque él mismo acababa de dirigir el rezo de sus treinta o más compañeros en medio del batey, a la luz de las estrellas.
—Niña, la dijo, aquí está la cuenta de lo barrí llenao hoy. ¿Y le alargó un papel? ¿La hoja de una planta con signos caligráficos o aritméticos? Nada de eso. Aunque aquel esclavo había aprendido de coro ciertas oraciones del catecismo que le enseñaron para bautizarle, no sabía escribir ni pintar guarismos. La cuenta de que hablaba se reducía a dos o tres varas cortas de un arbusto del campo, con muchos cortes o muescas de través, tarjas o quipos modernos para indicar el número de barriles de café recolectados durante ocho horas de trabajo.
Con pasar Isabel las yemas de los dedos por las muescas de las tarjas, conoció que no había sido abundante la recolección, y así se lo dijo al esclavo.
—Niña, se apresuró él a explicar en su guirigay especial la causa de la deficiencia. Niña, la safra va de vencía, no queda café maúro en la mata, ni pa remedia. Brujuliando po aquí y po allí se ha llenao 25 barrí.
—Está bien, Pedro, repuso Isabel. No hay para qué estropear las matas, ni que tumbar el grano verde. Sería mucho menor la zafra el año entrante si eso se hiciera. Escúchame Pedro, con atención. Mañana bien temprano pon toda la gente a limpiar el batey y las guardarrayas principales hasta las nueve. Tenemos visitas y quiero que todo esté aseado y bonito. Por la tarde es preciso que unos pilen y avienten el café seco, y que otros, las mujeres y los más débiles, a escoger. El caso es aviar todo el pilado y aventado, mañana mismo si es posible.
—Asina si jará, niña.
—¡Ah! Lo principal se me olvidaba, agregó Isabel en tono triste. A Leocadio que dé bastante maíz y yerba al trío moro y al trío dorado, porque tienen que emprender largo viaje pasado mañana.
—¿Va a salí lamo?
—No, tía Juana, Rosita y yo, que vamos a pasar las Pascuas en la Vuelta Abajo.