—No dudo que las primas hayan despertado sus celos. La cosa fue, no obstante, muy clara para que se dejase de alarmar Isabel y sospechar lo mismo que tú y yo sabemos. ¡Qué osadía la de aquella muchacha!
—¿Qué quieres? La cegó el demonio de los celos, comprometiéndome a los ojos de Isabel y de sus primas. No puedes imaginarte cuánta fue mi vergüenza.
—Lo considero. Yo, en tu lugar, escondo la cara bajo siete estados de tierra. Mas ¿de dónde sacó Isabel que podía haber sido tu hermana Adela?
—Ahí verás, Diego. Con todo, si bien recuerdas, se parecen mucho a primera vista.
—Ya había hecho yo la misma observación. ¡Qué malo que tu padre tuviese que ver con semejante parecido!
—¿Quién sabe? A él le gusta la canela tanto como a mí. No tendría nada de extraño que, andando a salto de mata, como solía cuando mozo, hubiese dado un tropezón... Lo que es de C... está que se le cae la baba. Me consta.
—Luego no puede ser su padre.
—¡Qué había de serlo! Ni pensarlo. ¡Disparate!
—Pues por ahí se corre que lo es.
—Habladurías de las gentes, Diego. ¿Conciben que estaría enamorado de C... si le ligasen esas relaciones de parentesco con ella?