Calderón

Mañanas de Abril y Mayo

Después de dar una vuelta por la sala, el comisario Cantalapiedra se entró de rondón en el aposento, y en son de broma le tapó por detrás los ojos al ama de la casa, en los momentos en que ella se inclinaba sobre la cama para depositar la manta de una de sus amigas que acababa de entrar de la calle. La tal ama de la casa, Mercedes Ayala, era una mulata bastante vivaracha y alegre a pesar de sus treinta y pico cumplidos, regordeta, baja de cuerpo y no mal parecida. Atrapada y todo por detrás, no se cortó ni turbó por eso; antes por un movimiento natural acudió con entrambas manos a tentar las del que la impedía ver, y sin más dilación dijo:—Este no puede ser otro que Cantalapiedra.

—¿Cómo me conociste, mulata? preguntó él.

—¡Toma! repuso ella. Por el aquel de algunas gentes.

—¿El aquel mío o tuyo?

—El de los dos, señor, para que no haya disgusto.

Tras lo cual el comisario la atrajo a sí suavemente por la cintura con el brazo derecho y le dijo una cosa al paño que la hizo reír mucho; aunque, apartándole con ambas manos, repuso:

—Quite allá, lisonjero. La que trastorna el juicio está al caer. Ya yo ya... Cátela Vd.

Si con estas últimas palabras aludía la Ayala a una de las dos muchachas que en aquel mismo punto se apearon de un lujoso carruaje a la puerta de la casa, hecho anunciado por el movimiento general de cabezas de dentro y fuera de ella, no cabe duda que tenía sobrada razón. No la había más hermosa ni más capaz de trastornar el juicio de un hombre enamorado. Era la más alta y esbelta de las dos, la que tomó la delantera al descender del carruaje lo mismo que al entrar en la sala de baile, de brazo con un mulato que salió a recibirla al estribo, y la que, así por la regularidad de sus facciones y simetría de sus formas, por lo estrecho del talle, en contraste con la anchura de los hombros desnudos, por la expresión amorosa de su cabeza, como por el color ligeramente bronceado, bien podía pasar por la Venus de la raza híbrida etiópico-caucásica. Vestía traje de punto ilusión sobre viso de raso blanco, mangas cortas con ahuecadores, que las hacían parecer dos globos pequeños, banda de cinta ancha encarnada a través del pecho, guantes de seda largos hasta el codo, tres sartas de brillantes corales al cuello, y una pluma blanca de marabú con flores naturales, las que, con el pelo hecho un rodete bajo y un orden de rizos de sien a sien, por detrás, daban a su cabeza el aire de una gorra antigua de terciopelo negro, que es lo que ella o su peluquero se había propuesto contrahacer. La compañera iba vestida y peinada con poco más o menos como ella, pero no siendo ni con mucho tan esbelta y bella, no atrajo tanto la atención.