—No hay que venirme con ésas, señora, porque yo soy porfiado. Además, que a nadie sino al ama de la casa corresponde el honor de romper el baile; con más que es su natalicio.
—Eso sería bueno si no hubiera en esta selecta reunión muchachas bonitas, a quienes de derecho corresponde el dominio y la gloria en todas partes.
—Ya se ve, agregó el calvo, que no faltan esta noche en tan selecta reunión muchas y muy bonitas muchachas, pero esta circunstancia, que concurre también en el ama de la casa, no les da derecho a romper el baile. Hoy en el día de su santo, Merceditas, es Vd. el ama de la casa, donde celebramos tan fausto día, y es Vd. la gracia y la sal del mundo. ¿He dicho algo? concluyó recorriendo con la vista los circunstantes en busca de su aprobación.
Todos, que más que menos, ya con palabras, ya con la acción, manifestaron su aquiescencia, de manera que la Ayala tuvo que ponerse en pie, y mal su grado seguir al compañero a la sala. Por entonces ya habían despejado los hombres, dejando un buen espacio libre en el centro. El calvo llevaba de la mano a la Ayala, y con ella se cuadró de frente para la orquesta, a la cual mandó en tono imperioso que tocase un minué de corte. Este baile serio y ceremonioso estaba en desuso en la época de que hablamos; pero por ser propio de señores o gente principal, la de color de Cuba le reservaba siempre para dar principio a sus fiestas.
Bailaba aquella anticuada pieza con bastante gracia por parte de la mujer y con aire grotesco por la del hombre, saludaron a la primera los circunstantes con estrepitosos aplausos, y luego, sin más demora, comenzó de veras el baile, es decir, la danza cubana, modificación tan especial y peregrina de la danza española, que apenas deja descubrir su origen. Uno de tantos presentes se arrestó a invitar a la joven de la pluma blanca, como si dijéramos, a la musa de aquella fiesta, y ella, sin hacerse de rogar ni poner ningún reparo, aceptó de plano la invitación. Cuando pasaba del aposento a la sala, para ocupar su puesto en las filas de la danza, se le escapó a una de las mujeres la siguiente audible exclamación:
—¡Qué linda! Dios la guarde y la bendiga.
—El mismo retrato de su madre, que santa gloria haya, agregó otra.
—¡Cómo! ¿Que murió la madre de esa niña? preguntó muy azorada una tercera.
—¡Toma! ¿Que ahora se desayuna Vd. de eso? repuso la que habló en segundo lugar. ¿Pues no oyó Vd. decir que había muerto de resultas de haber perdido a su hija a los pocos días de nacida?
—No entiendo cómo la perdió si vive.