—Me alegro, me alegro, dijo doña Rosa. Mas luego, dirigiéndose en particular a su hijo, añadió: ¿Qué tiene? (Se refería a Isabel.)
—Nada, que yo sepa, replicó Leonardo.
—Me parece que ha venido más triste. ¿Se ha enfermado en el paseo? ¿O tú le has hecho algo?
—¿Yo, mamá? Jamás he estado más amable y cumplido con ella.
Entonces Leonardo refirió a su madre cuanto habían visto en su malhadado paseo; su encuentro con el negro ahorcado en el bosque y con el entierro de Pedro.
—Pero ¡hombre! ¿a quién se le ocurre llevar a las muchachas por semejantes andurriales?
—¿Y yo qué sabía, mamá? Para adivino, Dios.
—¿No lo decía yo? De esta hecha Isabel no vuelve a poner los pies en el ingenio. Se figurará que siempre es lo mismo.
—Ella no se ha quejado.
—Sabe mucho Isabel y es demasiado discreta para decir lo que siente, sin ton ni son; pero se conoce que esto no le ha gustado ni un poquito. Y tu padre está creído que cuando te cases con ella vendrán Vds. a menudo a La Tinaja a pasar largas temporadas. El dice que tú tarde que temprano, has de ser el administrador, y parecería muy feo que tu mujer se quedase en La Habana...