—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué culpas he merecido yo este tremendo castigo?
En todos estos casos se retiraba el guardián a su portería hecho un basilisco.
En uno de esos momentos de indignación filantrópica, se le apareció como llovida María de Regla, con achaque de venderle frutas del tiempo y conservas, negocio en que se ocupaba entonces. El hombre no quería comprar ni enredarse en una conversación que podía distraerle de sus agridulces pensamientos. Pero no por eso desistió de su propósito la vendedora. Esperaba, al contrario, repulsa más terminante. Díjole en el tono meloso que solía:
—¿Le duele al señor la cabeza o las muelas? (No le dio el tratamiento de su merced).
—Nada me duele, gruñó él.
—Me alegro, porque ésos son los dolores de los dolores. Vea el señor si las recogidas quieren frutas o dulces en almíbar.
—No estamos para frutas ni dulces ahora. Tampoco hay plata en casa.
—Yo fío.
—Anda con Dios y déjame en paz.
—Otras veces me han comprado aquí frutas y dulces.