—¿Y cómo es que el niño Leonardo no ha bajado todavía?

—Es querer decir a su merced que el niño Leonardo no quiere que lo dispierten cuando ha pasado mala noche.

—¡Mala noche! repitió el caballero mentalmente. Anda (al esclavo), despiértale y que baje.

—Señor, dijo el muchacho titubeando y confuso. Señor, su merced sabe...

—¿Qué sucede? volvió a tronar el amo, luego que echó de ver que el esclavo se estaba parado y no le había obedecido.

—Señor, es querer decir a su merced, que el niño se pone bravo cuando lo dispiertan, y...

—¿Qué? ¿Qué dices? ¡Ah! ¡Perro! Anda, corre si no quieres subir a puntapiés.

Y como el caballero medio se incorporase para ejecutar la amenaza, no esperó a que se la repitieran para obedecer la orden. En cuatro saltos se puso en lo alto de la escalera, desapareciendo en el dormitorio del joven Leonardo. A tiempo mismo que el muchacho corría escaleras arriba, asomaba por la puerta del aposento una señora algo gruesa, hermosa, de amabilísimo aspecto, las facciones menudas, con el cabello todavía negro, aunque pasaba de los cuarenta de edad, vestida de holán clarín blanco, y abrigada con una manta de burato color canario y toda ella muy pulcra y de ademán reposado y señoril. Sentose al lado del caballero de la bata, a quien, preguntándole por las noticias del día, dio el nombre de Gamboa. Este le contestó entre dientes que la única importante que traía El Diario era la aparición del cólera morbus en Varsovia, donde hacía estragos espantosos.

—¿Y dónde es eso? preguntó la señora bostezando.

—¡Toma! contestó Gamboa. Eso es muy lejos. Figúrate, allá, cerca del Polo Norte, en Polonia. Ya tiene que rodar el señor cólera para llegar hasta nosotros, y entonces... ¡quién sabe dónde estaremos tú y yo!