Cinco o seis años después de los sucesos que acaban de referirse, había cambiado de un todo el aspecto del campo de la Punta. Al yermo desolado y polvoroso que limitaba al oeste las primeras casas de madera de la barriada de San Lázaro, por el sur rimeros de tablas y alfardas importadas de los Estados Unidos del Norte de América, por el norte la mar y el castillo de la Punta, que asomaba sus enanas almenas detrás de apiñadas calderas férreas de Carrón para la elaboración del azúcar, sucedió un edificio de tres cuerpos, macizo, cuadrangular, erigido por el Capitán General don Miguel Tacón para cárcel pública, depósito presidial y cuartel de infantería.

El espacio descubierto que quedó al lado septentrional de ese edificio, todavía se obstruyó más con la construcción de unos cobertizos de madera para abrigo de una parte del presidio, empleada en picar piedra menuda a martillo, con destino al empedrado de las calles de la ciudad, según el sistema de McAdam. Pero, de todos modos, así quedó separada la prisión de la Casa de Gobierno; los presos pasaron a un edificio, aunque defectuoso en muchos respectos, fabricado expresamente para su desahogo y seguridad; hubo más conveniente separación de sexos y de delitos, y, en especial, se redujo a la tercera parte la via crucis de los infelices reos de muerte, pues que apenas se cuentan doscientos pasos de la cárcel nueva a la orilla del arrecife, donde se efectuaban las ejecuciones capitales. De allí y de la Punta, a la parte opuesta, salieron a recibir la muerte del patriota y del héroe, años adelante, Montes de Oca y el joven Facciolo; el General López y el español Pintó; el bravo Estrampes; y, en nuestros días, Medina y León y los inocentes estudiantes de la Universidad de La Habana.

Incorporáronse los tres amigos a la lúgubre procesión, y la acompañaron por el costado de la Catedral hasta la puerta del Seminario, edificio que se extiende por el fondo de ella y da sobre el puerto. No habían abierto aún la entrada a las aulas, y el golpe como de doscientos estudiantes de derecho, filosofía y latín, la flor de la juventud cubana, se dilataba desde las gradas de piedra de la portería hasta el cuartel de San Telmo por un lado, y por el otro largo trecho hacia las bocacalles del Tejadillo y de San Ignacio, a causa de la estrechura de la vía. Por un movimiento espontáneo, la muchedumbre estudiantil se dividió en dos filas, dando paso franco por medio de la calle a la extraña comitiva, a la cual precedía un rumor sordo como de enjambre de abejas que busca donde posarse.

Hizo alto por un momento ante la puerta del Seminario, para dar tiempo a que cuatro hermanos de la Caridad y de la Fe relevasen a los que portaban la silla de mano desde la cárcel. La figura entre tanto, no cambió de posición ni hizo el menor movimiento; pero aunque los pliegues del manto negro ocultaban por completo sus facciones, su nombre y la historia de su crimen corrieron de boca en boca entre todos los estudiantes.

—Nadie diría que llevan ahí a una mujer, dijo un estudiante de latín.

—En efecto, más parece la estatua de una llorona que ser viviente, agregó otro.

—El remordimiento la agobia, dijo un tercero. Por eso dobla la cabeza sobre el pecho.

—Ya, exclamó un estudiante alto, de aspecto amulatado; el caso no es para menos. Ahora supongo yo que está horrorizada de su propio crimen.

—¿Pero está probado, como luz del mediodía, según reza la ley de Partida, preguntó nuestro conocido Pancho, que Panchita mató a su marido?

—Tan cierto es que lo mató que le van a dar garrote, volvió a observar el estudiante amulatado, con cierta sonrisa de desdén. Por más señas que después de muerto le hizo tasajo, y, cosiéndole en un saco de henequén, le arrojó al río para pasto de los peces.