—Nada se ha perdido, Cecilia. Heme aquí.
—Ya. ¿Mas quién sabe la causa de su demora? Tal vez una mujer...
—Mujer no, te lo juro.
—No me jure, porque entonces menos le creo. El caso es que Chepilla ya está de vuelta de Paula y Vd. se aparece ahora. Ya no hay tiempo de hablar. Hace rato que llegó. Rezaba y dormitaba, supongo que de cansada; y ya levanta la cabeza y pone el oído de ético. (Esto lo dijo mirando otra vez hacia dentro.) A Vd. no le interesa mi amistad, se conoce, y soy una boba que le espero. ¡Maldita sea la mujer que quiere como yo!
—Tu desesperación me asusta, alma mía. Siento el percance, será mañana.
—Es que Chepilla no va todos los días a Paula.
—Me levanté cerca de las siete. Tú sabes a la hora que vinimos de Regla, cerca de la una de la madrugada.
—Eso no impidió que yo me despertase al amanecer. Me acosté con el cuidado y Vd. no, esto hace mucha diferencia.
—Déjate de ese tono irónico que no te sienta ni un poquito. Demasiado sabes tú que te idolatro.
—Obras son amores y no buenas razones, y el hombre que no cumple con una cita...