—Contigo; repuso concisamente su madre.
—¿Conmigo? Pues ya le mando trabajo.
A poco, sin embargo, se puso de nuevo serio porque, habiendo reparado en su hermana Antonia, que no mostraba tanta expansión como los demás, recordó el incidente en la ventana de la calle.
—Mamá, agregó con más seriedad, se me figura que a ti te pasan la mota y que no lo sientes.
—¿Por qué me dices eso, hijo mío? replicó doña Rosa en el tono de voz más blando imaginable.
—¿Se lo digo, Antonia? preguntó a su hermana con aire malicioso.
Antonia, en vez de contestar, se puso más seria e hizo ademán de levantarse de la mesa, con lo cual añadió Leonardo a la carrera:
—Peor para ti, Antonia, si te levantas y me dejas con la palabra en la boca. No diré nada a mamá; pero es porque tengo ya hecha mi resolución. Se acabaron las visitas de los militares en mi casa.
—Hablas como si fueras el amo, repuso Antonia con desdén.
—No soy el amo, es cierto, mas puedo romperle las patas a uno el día menos pensado, y tanto vale.