No había sacado éste el talento de su padre para los negocios. Tampoco anunciaba disposición ninguna para la carrera literaria a que le dedicaban, aunque solía hacer versos y escribir articulejos para el Diario y otros periódicos. Su madre, sin embargo, quería que fuese abogado, doctor de la Universidad de La Habana, halagándola la esperanza de que podría por este camino, llegar a oidor de la Audiencia de Puerto Príncipe, y hasta a Teniente Gobernador, como llamaban entonces a los jueces letrados de nombramiento real. Creía ella con razón que, mediante el dinero y las relaciones de su marido en la Corte, bien podía conseguirse para su primogénito cualquier gracia, honor o título, entre los muchos que, merced a aquellos estímulos, es uso conceder la Corona.
De comerciante, en concepto del padre, no había esperanza de que el mozo llegase a más que alcalde municipal, a consiliario o diputado del Tribunal de Comercio o Real Consulado, empleos de mala muerte, sin honores ni emolumentos. Por otra parte, don Cándido, en realidad, no hacía hincapié en que su hijo estudiase y siguiese ésta ni esotra carrera literaria. ¿Abogado? Ni pensarlo. Se aficionaría a los pleitos, y acabaría con un caudal y con el de sus clientes. Tampoco don Cándido conocía más letras que las del Catón,[28] lo que no le había impedido acumular una fortuna respetable.
Ahora, además, le había nacido el deseo de titular, y no le parecía bien que su hijo, al menos, trocase los libros o la vara del mercader, ni el bonete de doctor, por la corona del conde, aunque hubiese un Santovenia, que por aquellos días precisamente, había hecho el último de los trueques mencionados. No obstante su ignorancia, reconocía que Leonardo no haría raya como hombre de letras, ni como de negocios, y decía para sí o cuando trataba del asunto con su esposa:
—No debemos forjarnos ilusiones. El (su hijo) no dará nunca mucho de sí, por más que uno se afane y gaste dinero en sus estudios. Ahí no hay cabeza sino para enamorar y correr la tuna. Eso se conoce a tiro de ballesta. Pero ¿necesita él tampoco de grandes conocimientos para hacer papel en el mundo?
—¡Ca! No, señor. Fortuna, esto es, dinero te dé Dios, hijo, que el saber poco te vale; reza el proverbio castellano. Y dinero no ha de faltarle cuando yo muera. Luego si logro el título de Conde de Casa Gamboa, que pretendo en Madrid, reunirá el monis con la nobleza, dos adminículos éstos con que el más bruto puede figurar en primera línea, gozar fuero y echarse a roncar a pierna suelta, cierto y seguro de que no le atropellarán por deudas, antes todos le sacarán el sombrero, le traerán en palmitas y le bailarán el agua delante, lo mismo los chicos que los grandes, los hombres de copete que las mujeres bonitas. ¡Ah! ¡Qué tiempo se ha perdido! Si yo hubiese titulado diez años ha, otro gallo nos cantara.
En efecto, Leonardo descubría menos ambición que talento. Por sentado, la esperanza de ser algo por sus conocimientos, por sus estudios, o por su industria, jamás calentó su corazón. Antes confiado en que a la muerte de sus padres sería bastante rico, no hacía esfuerzo ninguno por saber, ni se apuraba por estudiar las lecciones de derecho, y se reía a carcajadas cuando, en son de broma, se decía entre la familia que él podía llegar a ser oidor o conde, o que su padre hacía construir en España, con el fin de titular, un árbol genealógico en que no había de verse ni una gota de sangre de judío ni de moro. Por otra parte, tan humildes eran a la sazón sus inclinaciones, como sus pasiones fuertes e ingobernables.
Gozar era, por aquel tiempo al menos, la suprema ley de su alma. Y es que su madre, porque le quería demasiado, cualquiera creería que, lejos de regir sus desapoderados impulsos, parecía complacerse en darles rienda suelta. ¿Qué necesidades podía experimentar un mozo de sus años y ocupaciones? Libros, trajes, caballos, carruajes, criados, dinero, todo le sobraba; ni el trabajo de pedir casi nunca tenía, porque desde la cuna se había acostumbrado a ver satisfechos sus deseos y aún caprichos, apenas indicados. Con todo eso, no pasaba día sin que le hiciera la madre algún regalo costoso, teniendo además la costumbre de ponerle todas las tardes en la faltriquera del chaleco media onza de oro, a veces una onza. Naturalmente, como entraba ese dinero, así salía, sin conciencia de su valor, y era lo malo que jamás pasaba por la mente del hijo pródigo, que debía guardar para mañana lo que no fuese necesario para los gastos de hoy. ¿Cómo derramaba el oro nuestro imberbe estudiante? Adivinarlo puede el discreto lector, siendo como eran, el juego, las mujeres y las orgías con los amigos la vorágine que consumía el caudal de Gamboa y le agotaba el perfume del alma en la flor de su vida.
Estaba él, pues, sentado, luego que partieron las hermanas, en el puesto que dejó Adela, opuesto a su madre, a la que miraba de hito en hito, de codos en la mesa, con la cara entre las manos y le dijo de repente:
—¿Sabes una cosa, mamá?
—Si no me la dices... contestó ella como distraída.