—Muchísimo. Son magníficos, ginebrinos..., pero yo no quiero reloj nuevo, te lo advierto. Todavía sirve el inglés que tú me regalaste el año pasado, sólo que ya no es de moda. Yo no he visto nunca un reloj de repetición y mucho menos ginebrino, que no hay que abrirlo para saber la hora a cualesquiera del día o de la noche. Se empuja el botón de un resorte que tiene dentro de la argolla, y una campanilla interior da la hora y los cuartos. ¡Qué ventaja! ¿Eh, mamá?
—¿Por qué no me hablaste de eso antes de salir tus hermanas? Le habría encargado a Antonia que se pasara por la relojería.
—No me acordé ni tuve ocasión. Papá, además, estaba delante y luego entramos en una conversación... y me distraje. Bien que ellas no entienden de relojes.
Volvió a callar doña Rosa por corto rato, siempre con aire meditabundo, aunque sin manifestar enfado ni seriedad. Entretanto, Leonardo fingía no advertir la actitud abstraída de su madre, ni dar indicios de arrepentimiento por el embarazo en que la había puesto con sus antojadizas indicaciones. Por el contrario, mientras la pobre señora meditaba y echaba cálculos, él no cesaba de sobarse las mejillas con la punta de los dedos y de mirar al techo, cual si contara las vigas del colgadizo.
—¿Te dijo Dubois, continuó al cabo doña Rosa, el precio de sus nuevos relojes?
—Sí... No. ¿Para qué quieres saber el precio? ¿Para comprarme uno? Ya te he dicho que no lo necesito, que no lo quiero. ¿Para comprarles a mis hermanas? No los tiene Dubois de mujer, de hombre únicamente.
—Bien, pero ¿cuánto pide Dubois por sus relojes de repetición para hombre?
—Poca cosa, dieciocho onzas de oro. No pueden ser más baratos, porque son de oro, legítimos ginebrinos y de repetición.
—¿Tu reloj inglés no salió bueno?
—No tan bueno como creía al principio. Ese mismo Dubois te lo vendió, bien me acuerdo; pero es claro que se engañó o te engañó, porque se atrasa y se adelanta a cada rato, y ya le he llevado a la relojería más veces que onzas de oro pagaste por él. Y eso que te costó veinte, más de lo que piden por los ginebrinos. Dinero echado a la calle, mamá. Está visto, los relojes ingleses, aún los de Tobías, fallan a menudo; al contrario, los legítimos ginebrinos son otra cosa, casi todos salen buenos, exactos. Así al menos me dijo Dubois, que tú sabes entiende de relojes y es relojero de primera. Pero no hay que pensar más en eso, mamá; olvidémoslo, lo pasaré sin un reloj de confianza ¡cómo ha de ser!