—¡Pobrecito! exclamó en tono casi audible. ¿Por qué había yo de privarle de nada, cuando está en la edad de gozar y de divertirse? Goza y diviértete, pues, mientras te duran la salud y la mocedad, que ya vendrán para ti, como han venido para todos nosotros, los días de los disgustos y de los pesares. La Virgen Santísima, en quien tanto fío y pongo toda mi esperanza, no dejará de oír mis ruegos. Ella te proteja y saque en bien de los peligros del mundo. Dios te haga un santo, hijo de mi corazón.
Movió los labios juntos, en señal de lanzar un beso, y fuese tan callandito como vino.
SEGUNDA PARTE
Capítulo I
Tarde venientibus ossa.
(Los que llegan tarde al banquete roen los huesos.)
Tenemos que dejar por breve tiempo estos personajes, para ocuparnos de otros que no por ser de inferior estofa, representan en nuestra verídica historia papel menos importante. Nos referimos ahora al célebre tocador de clarinete, José Dolores Pimienta.
Para verle con la aguja en la mano sentado a la turca junto con otros oficiales de sastre en una tarima baja, hilvanando una casaca de paño verde oscuro, todavía sin mangas ni faldones, fuerza es que pasemos a la sastrería del maestro Uribe, en la calle de la Muralla, puerta inmediata a la esquina de la de Villegas, donde hubo una tienda de mercerías llamada del Sol.
El primero de estos establecimientos se componía de una sala cuadrilonga con tres entradas: la de la primitiva puerta ancha y alta y las de las dos ventanas, cuyas rejas habían arrancado. Frente a ellas, en sentido longitudinal, había una mesa larga y angosta en que se veían varias piezas de dril, de piqué, de arabia, de un género de algodón que llamaban coquillo, de raso y de paño fino, todas arrolladas y apiladas en un extremo. Y hacia el opuesto, tendidos dos pedazos de tela de Mahón, en que ya se había trazado un par de pantalones de hombre con una astilla de jabón cenizoso.
Detrás de la mesa o mostrador, de pie, en mangas de camisa, con delantal blanco atado a la cintura, la tijera en la mano derecha, y echada en torno de los hombros, por medida, una cinta de papel doblada por medio en toda su longitud, con piquetes de trecho en trecho, se hallaba el maestro sastre Uribe, favorito en aquella época de la juventud elegante de La Habana. Aunque quisiera, no hubiera podido negar la raza negra, mezclada con la blanca a que debía su origen. Era de elevada talla, enjuto de carnes, carilargo, los brazos tenía desproporcionados, la nariz achatada, los ojos saltones, o a flor del rostro, la boca chica, y tanto que apenas cabían en ella dos sartas de dientes ralos, anchos y belfos; los labios renegridos, muy gruesos y el color cobrizo pálido. Usaba patilla corta, a la clérigo, rala y crespa, lo mismo que el cabello, si bien éste más espeso y en mechones erectos que daban a su cabeza la misma apariencia atribuida por la fábula a la de Medusa.[29]