Aún pienso estaros mirando...
La faz terrible y airada,
La vista desencajada,
El látigo vil sonando.
J. Padríñez
Llegaba Nemesia a la puerta de su casa, a tiempo que salía de ella su querido hermano José Dolores con el clarinete en la funda debajo del brazo y un rollo de papeles de música en la mano. Según costumbre, caminaba cabizbajo y meditabundo. Por esta razón y por estar muy oscura la calle, no habiendo tampoco luz en la casa, por poco se cruzan los hermanos sin reconocerse, a pesar de la proximidad. Así como así, ella le reconoció primero, se le atravesó en el camino y le preguntó repitiendo dos versos de una canción tan popular entonces como llena de malicia:
«—¿A dónde vas con ese gato y la noche tan oscura?»
—¡Qué! dijo José Dolores sorprendido. ¡Ah! ¿Eres tú? Me cansé de esperarte.
—¿Tan temprano para el baile?
—Pues, ¿qué hora es?
—Tocaban a vísperas ahorita mismo en Santa Catarina, cuando pasé por el costado del convento.
—Te equivocas; debe ser más tarde de lo que tú te figuras.
—Puede ser, porque traigo la cabeza como un güiro, y no sé lo que me pasa.