Y el señor Desmaroy mira, toma a peso, aprecia y estima.
Ni una sola vez habla del valor artístico del objeto designado... No... vale tanto o cuánto. Su admiración no empieza hasta los 100 pesos; hasta esa cifra hace un gesto desdeñoso.
Es halagüeño para mí... Si soy pesada en la misma balanza, qué ideal...
Al llegar al inmenso tapiz de Beauvais, del comedor, el señor Desmaroy deja escapar un grito del corazón:
—Qué error dejar dormir tanto dinero... Cuánto dinero improductivo... Si este tapiz fuese mío, qué pronto le vendería...
La abuela disimula su asombro con una sonrisa que lo mismo significa adhesión que reprobación. De prisa va el caballero... «Si fuese mío...» ¡Oh! hablar de vender el tapiz de Beauvais...
La mirada del señor Desmaroy se cruza con la mía. Nuestras dos voluntades cruzan el hierro. La suya, un poco arrepentida de la reflexión que se le ha escapado; la mía bastante desdeñosa por la indiscreción cometida.
Evidentemente mi antipatía se precisa.
Desmaroy sostiene sus ideas y yo las mías, nos miramos otra vez, no como amigos sino como luchadores.
Leo en sus ojos: