—¡El amor!—respondí.—¿Qué es eso?... En las novelas veo lo que es; pero en la vida real...
—Es inútil decírtelo si tú no has de sentirlo; y si lo sientes, es aún más inútil definírtelo.
Dicho esto, la abuela me dio un beso y me dejó muy pensativa.
¿Ha podido realmente la abuela conocer el amor?... Me parece tan extraordinario... Es verdad que cuando habla del abuelo su voz toma una inflección tan profunda que se ve que hay en ella un mundo de recuerdos dichosos e íntimos ocultos en la menor palabra... ¡Querida abuela!
En el momento en que ella salía, entró en el comedor Celestina y se acercó a mí tan quedito que casi me dio un susto al exclamar:
—Estoy segura de que la señora acaba de hacer un sermón sobre las solteras, para el uso de la señorita.
—No, Celestina—respondí maquinalmente;—la abuela me hablaba de amor.
—¡De amor, a una joven como usted!... Nuestra pobre señora pierde la cabeza...
—¡Una joven como yo, a los veinticinco años!... ¡Vaya una juventud! Hay que vivir en un medio petrificado como el nuestro, pobre vieja, para no conocer nada de la vida a mi edad... Algunas veces casi me sublevo, pero después se me pasa...
—Esas ideas no son de usted, señorita. Me parece estar oyendo a la señorita Francisca—respondió Celestina escandalizada.—Creo que es esa una sociedad que no le conviene a usted gran cosa...