La «moral» que el autor quisiera hacer «pasar» sin «fastidio» a la mente de los lectores, es que hay en la actualidad una crisis del matrimonio y que, por consecuencia de ella, muchas existencias femeninas transcurren no sólo en una soledad dolorosa para la que las mujeres no están hechas, sino en una semiesterilidad que viene en detrimento público.

Hay en esto un mal social considerable.

A los moralistas, a los economistas y a los legisladores toca buscar y encontrar los remedios.

Toda la ambición del «Diario» que sigue es notar los signos y marcar las manifestaciones de ese mal.

C. M.

Aiglemont, 26 septiembre 1903

—Abuela, abuela—grité aquella mañana al salir de la cama,—felicítame, porque hoy cumplo veinticinco años...

Y, muy dichosa, me precipité como una tromba en el cuarto de la abuela, que está al lado del mío. Sorprendida por mi brusca invasión—la abuela no puede acostumbrarse a mis modales de torbellino—la encontré enredada en las bridas de su cofia de dormir, y tratando de sujetársela en la cabeza del modo que convenía a la solemnidad de las circunstancias.

La abuela es aficionada a la etiqueta—con E mayúscula, como ella la escribe,—y, para ella, estaba yo faltando a las más elementales conveniencias al anunciarle sin más ceremonia el alba de mi vigésimasexta primavera.

¡Ay! jamás he podido aprender la calma, esa calma de las tropas veteranas de que habla sin cesar mi primo el comandante Harmel.