—Pero, abuela, en una población como ésta, el pueblo de las solteronas, como le llama Francisca, es...

—Francisca no es seria—exclamó Celestina, que iba a arreglar el fuego de la chimenea, y aprovechó la oportunidad para mezclarse en la conversación.

—¿Tú qué sabes?—dije descontenta.

—Sé lo que sé—respondió Celestina con la dignidad de los grandes días.—Una señorita que no habla más que de casarse, no es una señorita seria...

—Cállese usted, Celestina—replicó la abuela.—Tú no entiendes nada de eso, hija mía.

Celestina no dijo palabra, muy ofendida por la observación de la abuela. Vi, en efecto, por su mirada despreciativa y por su labio en forma de pila de agua bendita, que las personas que hablaban de matrimonio eran sospechosas para ella; tan sospechosas, que tomó el partido de volvernos la espalda sin más ceremonia.

—Sí, abuela—dije en cuanto se fue Celestina,—quiero seguir a las solteronas a través de las edades. ¿Ves en ello algún inconveniente?

—Veo los de hacer un viaje muy fastidioso y de singularizarte de un modo ridículo.

—Sin embargo, antes de decir si estoy madura para el matrimonio, me gustaría saber si el celibato me tienta definitivamente...

La abuela hizo un movimiento de tan excesivo mal humor, que me quedé ligeramente aturdida.