—Para tu traje, hija mía, para tu traje de boda.
—¡Mi traje de boda!—exclamé con estupor.—Dios mío, todavía no estamos en ese caso.
Ante la cara de contrariedad de la abuela, contuve la risa, pronta a escaparse. La abuela, seguramente no puede imaginar que yo pueda desagradar al señor Desmaroy, y no se le pasa tampoco por la cabeza que yo pueda renunciar a un partido tan soberbio.
—¡Cuarenta mil pesos de capital!... Cuatro o cinco mil de beneficios!... Es el yerno soñado... Positivamente, si yo lo hubiera encargado a mi gusto, no sería de otro modo... ¡Y sentimientos religiosos!... ¡Qué suerte tienes, Magdalena!...
Magdalena no dice nada, pero piensa. Todo lo que dice la abuela está muy bien. La situación es hermosa, no lo niego, y hasta me gusta mucho... Pero el marido... ¿Me gustará el marido?...
2 de noviembre.
Día de duelo y de tristeza...
La vida está hoy como suspendida, y todos olvidan los cuidados cotidianos para no pensar más que en sus queridos muertos, segados por la inexorable fatalidad y acostados en la tumba donde duermen su último sueño.
La abuela no hace ninguna alusión al señor Desmaroy, y yo sigo su ejemplo, contenta por escapar, durante algunas horas, al pensamiento mortificante del cambio que se prepara.
¡Qué miserables son todas estas fruslerías miradas a la luz de la muerte!... Hay que vivir, sin duda, y es preciso elegir el género de vida que se prefiere; pero, pasada aquí o allí, ¿qué importa la vida?... Lo esencial es evitar el más pequeño mal y realizar todo el bien posible.