Barlennan confirmó que podía nadar bajo la superficie durante largos períodos sin inconvenientes, pero ignoraba cómo lo hacía. En todo caso, ni respiraba ni experimentaba sensaciones comparables a la sofocación de los humanos cuando se sumergía.

— Y en las peores tormentas jamás experimenté incomodidades como las que sugieres — continuo el capitán —. Todos, aguantaron la que nos arrojó a la isla de los planeadores…

aunque debo admitir que estuvimos en el centro sólo dos o tres minutos. ¿Cuál es el problema? No entiendo a donde apuntan estas preguntas.

Lackland miró a su jefe pidiendo autorización y recibió un silencioso cabeceo de aprobación.

— Hemos descubierto que el aire de la cima del risco, donde se halla nuestro cohete, es mucho más tenue que en el fondo. Dudamos que tenga densidad suficiente para vosotros.

— ¡Pero si está sólo a cien metros! ¿Por que iba a cambiar tanto en tan corto trecho?

— Se relaciona con la gravedad. Me temo que sería demasiado largo de explicar, pero en cualquier mundo el aire pierde densidad a medida que asciende, y cuanta más gravedad hay, más rápido es el cambio. En tu mundo, las condiciones son un poco extremas.

— Pero ¿en qué parte de este mundo el aire sería lo que consideráis normal?

— En el nivel del mar, suponemos. Todas nuestras mediciones parten de esa referencia.

Barlennan caviló un rato.