— No; está flotando en el borde interior del anillo, a sólo mil kilómetros de altura. Ha estado allí desde antes del fin de la tormenta, así que no te preocupes si le haces esperar un poco más. Entretanto, sacaré las otras radios que te prometí.
— Como estoy solo, me convendría llevar una sola radio esta vez. Resulta difícil acarrearlas, pese a que son livianas.
— Quizá debamos esperar a que llegue el tanque para sacarlas. Entonces podré llevarte hasta la nave. El tanque está bien aislado, así que viajar en el exterior no te lastimará.
¿Qué te parece?
— Excelente. ¿Hacemos prácticas de idioma mientras esperamos o prefieres mostrarme más imágenes del lugar de donde vienes?
— Tengo algunas fotos. Tardaré unos minutos en cargar el proyector, así que ya habrá oscurecido cuando estemos listos. Un momento. Iré a la salita.
El altavoz calló y Barlennan fijó los ojos en la puerta que veía a un lado de la habitación. Pronto apareció el Volador, caminando erguido, como de costumbre, con la ayuda de miembros artificiales que llamaba muletas. Se acercó a la ventana, movió la enorme cabeza y conectó el proyector de películas. La pantalla hacia donde apuntaba la máquina estaba frente a la ventana; Barlennan, fijando un par de ojos en los actos del ser humano, se arrellanó en una postura que le permitiera observar cómodamente. Miraron en silencio mientras el sol trazaba un arco en el cielo. A pleno sol, la temperatura era templada, aunque no tanto como para iniciar un deshielo; el viento perpetuo del casquete de hielo del norte lo impedía. Barlennan estaba adormilado cuando Lackland terminó de conectar la máquina, caminó hasta su tanque de relajación y se metió dentro. Barlennan nunca había reparado en la membrana elástica que cubría la superficie del líquido y mantenía seca la ropa del hombre; si lo hubiera notado, habría modificado sus ideas sobre la naturaleza anfibia de los seres humanos. Lackland, flotando, tendió la mano hacia un panel y encendió dos interruptores. Las luces se apagaron y el proyector arrancó. Era un rollo de quince minutos, y no había terminado cuando Lackland tuvo que levantarse y coger las muletas, pues le informaron que el cohete estaba a punto de descender.
Barlennan tuvo que hacer un esfuerzo para dejar de mirar la pantalla.
— Preferiría mirar la película, pero quizá sea mejor que me habitúe a ver cosas voladoras — dijo —. ¿Por qué lado vendrá?
— Por éste, supongo. Le he dado a Mack una minuciosa descripción de nuestra posición, y él ya tenía fotos; además, por su rumbo sé que le convendrá aproximarse desde esa dirección. Me terno que en este momento el sol te impide ver bien, pero aún está a sesenta kilómetros de altura. Mira por encima del sol.