Los tripulantes se habían refugiado bajo los paños de cubierta, y hasta el piloto dejó de trabajar cuando llegó la borrasca. Todos estaban presentes; Barlennan había contado las protuberancias que jalonaban la tela protectora mientras aún podía ver la nave entera.

Los cazadores no habían salido, pues ningún marinero necesitó la advertencia del Volador sobre la proximidad de la tormenta. Ninguno de ellos se había alejado más de ocho kilómetros de la nave en los últimos diez días, y ocho kilómetros no era distancia para viajar con ese peso.

Tenían provisiones en abundancia; Barlennan no era tonto, y hacía lo posible para no contratar tontos. De todas formas, prefería los alimentos frescos. Se preguntó cuánto tiempo estarían varados por culpa de esa tormenta; las señales no indicaban eso, aunque anunciaban con claridad la proximidad de la perturbación. Quizás el Volador lo supiera.

En todo caso, ya no podía hacer nada más con la nave, así que tendría que hablar con aquella extraña criatura. Barlennan afín sentía un escozor de incredulidad cada vez que miraba el artilugio que le había dado el Volador, y nunca se cansaba de comprobar sus poderes.

Lo guardaba bajo una tela protectora en la balsa de popa. Era un bloque sólido de casi ocho centímetros de longitud y unos cuatro de anchura y altura. En la superficie plana de un extremo tenía una zona transparente que parecía un ojo y que al parecer funcionaba como tal. Aparte de ese rasgo, sólo presentaba un orificio redondo en uno de los lados largos. El bloque estaba apoyado con la cara hacia arriba, y el «ojo» se proyectaba ligeramente bajo la tela del refugio. El paño volaba a favor del viento, así que la tela se adhería a la chata superficie superior de la máquina.

Barlennan introdujo un brazo bajo el paño, buscó el orificio a tientas e insertó su pinza.

Dentro no había partes móviles, como interruptores o botones, pero eso no le molestaba.

Nunca había visto artilugios semejantes, así como no había visto relés térmicos, fotónicos o de capacidad. Sabía, por experiencia, que si insertaba algo opaco en el orificio, el Volador se enteraba, y también sabía que era inútil devanarse los sesos para averiguar de qué forma lo hacía. «Es como enseñar navegación a un bebé de diez días», pensaba a veces con desconsuelo. La inteligencia estaba allí — al menos era reconfortante creerlo—, pero faltaban años de experiencia.

— Habla Charles Lackland — dijo abruptamente la máquina, interrumpiendo sus cavilaciones —. ¿Eres tú, Barl?.

— Habla Barlennan, Charles — respondió el capitán en el idioma del Volador, pues ya empezaba a dominarlo.