El terrícola hizo otro intento con el escalpelo y comprobó que la lengua era menos dura.

Mientras tanto, Barlennan recortaba fragmentos del tamaño deseado; en ocasiones se llevaba un trozo a la boca — no tenía mucha hambre, pero era carne fresca—, pero aun así pronto llenaron los frascos.

Lackland se enderezó, guardando el último frasco, y echó una mirada codiciosa a los dientes que parecían columnas.

— Supongo que necesitaríamos gelatina explosiva para arrancarlos.

— ¿Qué es eso? — preguntó Barlennan.

— Un explosivo es una sustancia que se transforma repentinamente en gas, produciendo gran estruendo e impacto. Lo usamos para cavar, para eliminar edificios o paisajes indeseables, y a veces para luchar.

— ¿Ese ruido lo ha producido un explosivo? — preguntó Barlennan.

Lackland se quedó en silencio. Un fragor de considerable intensidad, en un planeta cuyos nativos desconocen los explosivos y donde no hay ningún otro miembro de la raza humana, puede resultar desconcertante, sobre todo si ocurre en un momento tan oportuno; Lackland estaba más que alarmado. No podía calcular con precisión ni la distancia ni la magnitud de la explosión, pues la había oído por la radio de Barlennan y por sus propios discos de sonido al mismo tiempo, pero tuvo una clara sospecha.

— Eso parece — dijo, dando una tardía respuesta a la pregunta del mesklinita, mientras rodeaba la cabeza del monstruo marino muerto para regresar al tanque. Tenía miedo de lo que encontraría.

Barlennan, con más curiosidad que nunca, lo siguió reptando, su modo más natural de desplazarse.