— De cualquier modo, llamemos a mis tripulantes — declaró Barlennan —. Esta comida les vendrá bien. Además, tengo otra idea.
— Allá vamos, capitán — dijo por radio la voz de Dondragmer, sobresaltando a Lackland, quien había olvidado el acuerdo de dejar que cada radio oyera a las demás, y sobresaltando al capitán, quien no había notado que su piloto había aprendido tanto inglés —. Estaremos con vosotros dentro de pocos días; al salir, seguimos la misma dirección que la máquina del Volador.
— Veo que vosotros no pasaréis hambre durante un tiempo — dijo el hombre, mirando hoscamente la montaña de carne —. Pero ¿cuál es tu otra idea? ¿Solucionará mi problema?
— Un poco, creo. — El mesklinita habría sonreído de haber tenido una boca flexible.
¿Quieres plantarte sobre mí?
Lackland se quedó tieso de asombro ante tal requerimiento; a fin de cuentas, Barlennan tenía el aspecto de una oruga, y cuando un hombre pisa una oruga… Luego se relajó y sonrió.
— De acuerdo, Barlennan, por un momento había olvidado las circunstancias.
El mesklinita se había apoyado en todos sus pies durante la pausa; y, sin mas dilación, Lackland se dispuso a hacer lo que le pedía. Sin embargo, se presentó una dificultad.
Lackland tenía una masa de aproximadamente setenta kilos, y su escafandra, un milagro de la ingeniería, pesaba otro tanto. En el ecuador de Mesklin, pues, el hombre y la escafandra pesaban más o menos cuatrocientos cincuenta kilos (Lackland no habría podido dar un paso sin el ingenioso servomecanismo de las piernas), y ese peso era sólo poco más de la cuarta parte del de Barlennan en las regiones polares de su planeta. El mesklinita no tenía dificultades para acarrearlo; el problema radicaba en la mera geometría. Barlennan era un cilindro de casi medio metro de longitud y cinco centímetros de diámetro; por consiguiente, mantenerse en equilibrio encima de él era una imposibilidad física para el terrícola con escafandra.
El mesklinita quedó perplejo; esta vez fue a Lackland a quien se le ocurrió una solución. Algunas láminas laterales de la parte inferior del tanque se habían aflojado con la explosión; siguiendo las instrucciones de Lackland, Barlennan, con considerable esfuerzo, consiguió desprender una. Tenía más de medio metro de ancho y dos de largo; con tal extremo curvado ligeramente por las poderosas pinzas del nativo, se convertía en un admirable trineo. Sin embargo, no habían pensado que Barlennan pesaba un kilo y medio en esta parte del planeta. Por lo tanto, no tenía la tracción necesaria para remolcar el vehículo, y las plantas que habrían servido de anclas se encontraban a medio kilómetro.