Había llegado a ese punto en sus reflexiones, cuando Barlennan le pidió que arrastrara el Bree por encima de la cresta de la colina antes de que el sol les impidiera ver. En cuanto el tanque se puso en marcha, una veintena de figuras oscuras aparecieron en las aberturas que Lackland había tomado por puertas; no se distinguían detalles, pero estaba claro que se trataba de criaturas vivientes. Lackland se abstuvo heroicamente de frenar el tanque y coger nuevamente los binoculares hasta que hubo llevado el Bree hasta una posición ventajosa para observar.
De cualquier modo, la prisa se hubiera revelado innecesaria, pues las criaturas permanecieron inmóviles mientras se completaba la maniobra, al parecer observando a los recién llegados. Lackland pudo dedicar los minutos que faltaban para el ocaso a un atento examen de aquellos seres. Incluso con binoculares, algunos detalles eran indiscernibles. Por lo pronto, no parecían haber salido del todo de sus viviendas, pero lo que se veía, sugería que pertenecían a la misma especie que la gente de Barlennan. Los cuerpos eran largos, con forma de oruga, varios ojos — imposibles de contar a esa distancia— tachonaban el segmento frontal, y se distinguían miembros muy similares, con brazos equipados con pinzas. La coloración era una mezcla de rojo y negro, con predominio del segundo, como en la tripulación del Bree.
Barlennan no podía ver todo esto, pero Lackland le hizo una crispada descripción hasta que la ciudad se desdibujó en el crepúsculo. Luego, el capitán transmitió a la tensa tripulación una versión suavizada en su propia lengua. Lackland preguntó:
— ¿Alguna vez oíste hablar de gentes que vivieran tan cerca del Borde, Barl? ¿Te resultan conocidas? ¿Hablarán tu idioma?
— Lo dudo muchísimo. Como sabes, mi gente se siente muy incómoda al norte de lo que una vez llamaste la «línea de cien G». Sé varios idiomas, pero no creo que aquí se hable ninguno de ellos.
— Entonces ¿qué haremos? ¿Sortear la ciudad, atravesarla confiando en que las habitantes no sean hostiles? Admito que me gustaría verla de cerca, pero tenemos una tarea importante que cumplir y no quiero echarla a perder. Tú conoces a tu raza mejor que yo. ¿Cómo crees que reaccionarán?
— No existe una regla única. Quizá se mueran de miedo al ver tu tanque, o al verme encima de él, aunque tal vez en el Borde no reaccionen igual ante la altura. Hemos encontrado muchos pueblos extraños en nuestros viajes; con algunos pudimos comerciar y con otros tuvimos que pelear. En general, si mantenemos las armas ocultas y las mercancías a la vista, al menos investigan antes de ponerse violentos. Me gustaría ir a ver. ¿Crees que el trineo se deslizará por el cauce de esos canales?
Lackland reflexionó.
— No había pensado en eso — admitió —. Me gustaría medirlos con mayor precisión, quizá sea mejor que el tanque baje solo primero, contigo y cualquier otro que esté dispuesto a subirse. Así ofreceríamos un aspecto más pacifico… Ellos habrán visto las armas que portan tus hombres, y si las dejamos atrás…
— No han visto armas, a menos que su capacidad de visión sea mucho mejor que la nuestra — señaló Barlennan—, Sin embargo, convengo en que será mejor bajar primero para medir el canal. Mejor aún, remolcar el barco sorteando el valle y luego bajar por un lateral. No veo necesidad de arriesgar la nave en esos estrechos canales.