— Me gustaría averiguar cómo es el interior de esas casas; pero no podría atravesar las puertas aunque me quitara la escafandra. ¿Alguno de vosotros podría echar un vistazo dentro?

Barlennan titubeó.

— No sé si será prudente. Estas gentes trocaron pacíficamente, pero hay en ellas algo que me inquieta, aunque no logro precisar qué. Quizá sea que regatearon muy poco.

— ¿No confías en ellos? ¿Piensas que intentarán recuperar lo que han entregado, ahora que no tenéis mas mercancías?

— No diría exactamente eso. Como he dicho, no tengo razones precisas para recelar. He aquí mi sugerencia: regresemos con el tanque al linde del valle y enganchémoslo al barco, para que todo quede preparado; si entretanto no hemos tenido problemas con estos seres, regresaré a echar ese vistazo. ¿Vale?

Ni Barlennan ni Lackland habían prestado atención a loa nativos durante esta conversación; sin embargo, por primera vez los habitantes no compartían esta indiferencia.

Los gigantes más próximos observaban con manifiesta curiosidad la cajita de donde salía la voz de Lackland. A medida que continuaba la charla, se acercaban más seres a escuchar; el espectáculo de alguien que hablara con una caja demasiado pequeña para contener una criatura inteligente parecía romper la muralla de reserva que ni siquiera el tanque había podido vencer. En cuanto Lackland manifestó su acuerdo con la sugerencia de Barlennan, y la aprobación resonó en el pequeño altavoz, varios de los curiosos entraron deprisa en sus hogares y salieron de inmediato con más objetos. Los presentaron con ademanes que los marineros ahora comprendían muy bien. Los gigantes querían la radio, y estaban dispuestos a pagar generosamente por ella.

La negativa de Barlennan pareció desconcertarles, cada cual ofreció un precio mas alto que su predecesor. Al fin Barlennan expresó una negativa terminante de la única forma posible; arrojó la radio al techo del tanque, brincó y ordenó a sus hombres que arrojaran los bienes recién adquiridos. Durante varios segundos, los gigantes quedaron totalmente confundidos; luego, como obedeciendo una señal, dieron la vuelta y desaparecieron por las angostas puertas.

Barlennan se sentía más inquieto que nunca, y seguía vigilando tantos portales como sus ojos podían ver; pero el peligro no acechaba en las viviendas. Fue el fornido Hars quien lo vio, pues se había erguido, a imitación de los nativos, para arrojar un bulto de gran tamaño a su capitán. Tras echar una ojeada al canal por donde habían descendido, soltó uno de aquellos estridentes ronquidos que nunca dejaban de asombrar — y alarmar— a Lackland. El grito fue seguido de una perorata ininteligible para el terrícola; pero Barlennan comprendió, se volvió y dijo algo en inglés para comunicarle lo esencial.

— ¡Charles! ¡Mira cuesta arriba! ¡Muévete!