El piloto obedeció, aunque ni siquiera el capitán habría adivinado sus pensamientos.
— He aprendido mucho de tu idioma, Charles Lackland. No pensé que te opusieras.
— No me opongo en absoluto, Dondragmer. Estoy muy complacido, y admito que sorprendido. Con gusto te habría enseñado como a Barl si hubieras ido a la estación. Ya que aprendiste solo, supongo que comparando nuestras conversaciones con las actividades resultantes de tu capitán, te invito a participar. Tu sugerencia es atinada; llamare de inmediato a la estación Toorey.
El operador de la luna respondió de Inmediato, pues se mantenía una guardia constante en la frecuencia del transmisor principal del tanque, a través de varias estaciones de relé que giraban en el anillo exterior de Mesklin. Dijo que se realizaría una operación cartográfica cuanto antes.
Pero «cuanto antes» significaba varios días de Mesklin, y, mientras aguardaban, el trío procuró formular otros planes por si no podían sortear el risco dentro de una distancia razonable.
Un par de marineros manifestaron su deseo de saltar hacia abajo, para angustia de Barlennan. Entendía que el natural temor a las alturas no debía ser reemplazado por un desprecio total, aunque ahora toda la tripulación compartía ese deseo de trepar y saltar.
Pidió a Lackland que disuadiera a aquellos temerarios, y Lackland logro hacerlo calculando que esa caída de veinte metros equivalía a una caída de medio metro en su país natal. La comparación revivió en los recuerdos infantiles, pero se apresuró a apartarlos de su mente. El capitán, reflexionando sobre este episodio, llegó a la conclusión de que su tripulación estaba compuesta por lunáticos, y que él era el más chalado de todos; pero estaba seguro de que esa forma de demencia resultaría útil.
Durante un tiempo nadie tuvo una idea mas practica; Lackland aprovecho la oportunidad para dormir, pues necesitaba descanso. Había hecho dos largas siestas en su refugio, interrumpidas por una suculenta comida, cuando llegó el informe del cohete de exploración. Era breve y desalentador. El risco llegaba hasta el mar mil kilómetros al noreste de ese lugar, casi exactamente en el ecuador En dirección opuesta alcanzaba dos mil kilómetros, disminuyendo gradualmente de altitud y desapareciendo por completo a la latitud de cinco gravedades. No era perfectamente recto y revelaba una curvatura profunda que, en un punto, se alejaba del océano; el tanque se había atascado en ese punto. Dos ríos bajaban desde el borde dentro de los limites de la bahía, y el tanque se encontraba apresado entre ambos, pues era descabellado cruzarlos remolcando el Bree sin viajar primero muchos kilómetros corriente arriba desde las tremendas cataratas. Una de ellas estaba cincuenta kilómetros al sur; la otra, ciento cincuenta kilómetros al norte y al este alrededor de la curvatura del peñasco. El cohete no había podido examinar detalladamente esa comarca escarpada desde la altitud que debía mantener, pero el Intérprete dudaba que el tanque pudiera superar el obstáculo. En todo caso, el mejor sitio estaba cerca de una de las cataratas, donde la erosión era visible y quizás hubiera abierto sendas transitables.
— ¿Como rayos se puede formar semejante risco? — pregunto Lackland con amargura.
Dos mil quinientos kilómetros de risco, y tenemos que toparnos con él. Apuesto a que es el único de su especie en el planeta.