El jefe y sus ayudantes descargaron su adquisición, mientras la tribu se mantenía a una distancia incluso mayor de la aconsejada por Barlennan. Llevaron la radio cuesta arriba; la multitud se apartó a uno y otro lado para dejarlos pasar y los siguió; durante largos minutos no hubo mas actividad. El Bree ya podría haber salido de su jaula, pues los tripulantes de las pocas canoas que quedaban en el río demostraban poco interés en la nave, pero el capitán no desistía fácilmente. Con la mirada fija en la costa, aguardó hasta que un numeroso grupo de largos cuerpos negros y rojos apareció en la orilla. Uno de ellos enfiló hacia la canoa; pero Barlennan notó que no era el jefe y emitió un ronquido de advertencia. El nativo se detuvo, y entonces se produjo un breve altercado que culminó en una serie de alaridos, los más estentóreos que Lackland le había oído a Barlennan. Poco después, el jefe apareció y se dirigió hacia la canoa; dos de los consejeros que habían ayudado a acarrear la radio la abordaron y bogaron hacia el Bree. Otra canoa los siguió a respetuosa distancia.
El jefe llegó hasta las balsas externas, en el punto donde habían cargado la radio, y desembarcó de inmediato. Barlennan había impartido sus ordenes en cuanto la canoa dejara la orilla; ahora, los marineros subieron la pequeña embarcación a bordo y la arrastraron hasta el espacio que le habían reservado, demostrando todavía gran reverencia. El jefe no aguardó a que culminara esa operación; se embarco en la otra canoa y regresó a la costa, mirando hacia atrás de vez en cuando. La oscuridad engulló la escena cuando él llegaba a la orilla.
— Tú ganas, Barl. Ojalá yo tuviera esa habilidad; sería mucho más rico de lo que soy, siempre y cuando lograra sobrevivir. ¿Esperarás hasta mañana para sacarles algo mas?
— ¡Nos marchamos ahora mismo! — replicó el capitán sin titubeos.
Lackland se alejó de la oscura pantalla y se dirigió a sus aposentos para dormir por primera vez en muchas horas. Habían transcurrido sesenta y cinco minutos — menos de cuatro días de Mesklin— desde que avistaran la aldea.
11 — EL OJO DE LA TORMENTA
El Bree se internó en el océano del este tan gradualmente que nadie notó cuando se produjo el cambio. El viento soplaba cada día más, y al fin la nave pudo usar las velas normalmente; el río se ensanchó metro a metro y kilómetro a kilómetro hasta que las orillas dejaron de ser visibles desde la cubierta. Aun era «agua dulce» — es decir, carecía de la vida bullente que tenía prácticamente todas las zonas oceánicas de matices variados y contribuía a dar a ese mundo un aspecto tan asombroso desde el espacio—, pero los marineros verificaban con gran satisfacción que el olor se acercaba.
Todavía navegaban rumbo al este, pues, según los informes de los Voladores, una larga península les cerraba el paso hacia el sur. El tiempo era favorable, y estarían bien informados sobre posibles cambios gracias a los extraños seres que los observaban con tanta atención. Aun había provisiones en abundancia a bordo, las suficientes para permitirles llegar hasta los ricos parajes del mar profundo. La tripulación se sentía feliz.
El capitán también estaba satisfecho. Había aprendido, en parte por sus propios exámenes y experimentos, y en parte por las explicaciones de Lackland, que una embarcación hueca como aquella canoa podía acarrear mas peso que una balsa del mismo tamaño. Ya estaba fraguando planes para construir una gran nave — quizá mayor que el Bree— que siguiera el mismo principio y pudiera trasladar en un viaje las ganancias de diez. El pesimismo de Dondragmer no lograba disipar ese sueño rosado; el piloto temía que hubiera alguna razón para que ellos no usaran esas naves, aunque no atinaba a dar con ella.
— ¡Se hundirá en cuanto empiece a soportar demasiado peso! — exclamó —. Puede estar bien para las criaturas del Borde, pero se necesita una balsa sólida allá donde las cosas son normales.