— Lance, creo que Barl se ha topado con un animal volante. Estamos intentando echarle un vistazo. ¿Quieres venir a la sala de pantallas para decirnos de que se trata?

— Estaré allí enseguida.

La voz del biólogo se disipó al final de la frase; evidentemente, ya estaba saliendo de la habitación. Llegó antes de que los marineros hubieran instalado el equipo, pero se desplomó en una silla sin hacer preguntas. Barlennan hablaba de nuevo.

— Está sobrevolando el barco, a veces en línea recta y a veces en círculos. Cuando gira, se inclina; pero no sufre ningún otro cambio. Parece tener un cuerpo pequeño en la intersección de las dos varas…

Barlennan continuó con la descripción, pero el objeto era demasiado ajeno a su experiencia normal para que el mesklinita hallara símiles adecuados en un idioma extraño.

— Si aparece en pantalla, preparaos para entrecerrar los ojos — advirtió uno de los técnicos —. Voy a enfocarla con una cámara de alta velocidad, y tendremos que elevar muchísimo el brillo para obtener una buena exposición.

— Hay varas más pequeñas que se cruzan con la mas larga — prosiguió Barlennan—, y algo que parece una vela muy delgada estirada entre ellas. Ahora vuelve hacia nosotros, a muy baja altura… Creo que esta vez pasara frente a vuestro ojo.

Los observadores se pusieron rígidos, y la mano del fotógrafo se crispo sobre un interruptor de doble polaridad que, al cerrarse, activaría la cámara y aumentaría el brillo en la pantalla. Aunque estaba preparado, tardó en reaccionar, y los presentes echaron un buen vistazo antes de que el fogonazo les obligara a cerrar los ojos. Todos vieron suficiente.

Nadie habló mientras el técnico activaba el generador de frecuencia de revelado, rebobinaba la película, volvía la cámara montada hacia la pared de la habitación y encendía el proyector. Tenían suficiente tema de reflexión para distraerse durante los quince segundos que requirió esa operación.

La proyección estaba ralentizada en un cincuenta por ciento, y todos pudieron observar las imágenes con detenimiento. No era sorprendente que Barlennan no hubiera podido describir la criatura; nunca había imaginado que fuera posible volar hasta su encuentro con Lackland, unos meses antes, y su idioma carecía de palabras para describir semejante arte. Entre las pocas palabras terrícolas que había aprendido, no estaban incluidas «fuselaje», «alas» y «cola de avión».