La democracia, como la aristocracia, como todas las instituciones sociales, llama calumnias á las verdades que le dicen sus enemigos, y justicia á las lisonjas de sus parciales. La democracia, que, como empieza á ser poderosa, empieza á ser adulada y á tener pretensiones de infalible, no siempre ve claro, ni escucha distintamente; y deslumbrada por el brillo de sus triunfos, no echa de ver que amamanta en su seno la desigualdad, contribuyendo á que tome proporciones alarmantes. Cerniéndose en la región de las ideas, no teme que los hechos puedan servirle de peligroso obstáculo.


CONCLUSIÓN.

Al terminar nuestro trabajo, no creemos dejar apurada la materia; pero sí nos parece haber tocado los puntos de mayor interés y planteado los problemas de más importancia que la igualdad ofrece. La cuestión está erizada de dificultades, y no obstante, después de haberlas considerado de cerca, no nos parecen tan insuperables. ¿Dependerá esto de que el hombre se familiariza con todo, y el hábito le hace indiferente á la vista del peligro que le aterraba, ó en que, realmente, apartando el error y la pasión del problema de la igualdad, no hay en él nada que deba alarmar ni exasperar á clase alguna? Esta última suposición nos parece la verdadera; y así como el estudio de la Naturaleza convence más y más de la sabiduría del Hacedor, al profundizar en el de la sociedad se ve que si Dios consiente al hombre moverse conforme á su albedrío en una ancha estera, no le abandona, y escribe en su organización leyes eternas que le sirven de antorcha cuando los errores obscurecen la luz de la verdad, y de dique cuando las pasiones se desbordan.

Apartando de la cuestión todo lo que á ella han llevado el espíritu de escuela y de partido, el interés y la cólera, ¿qué es lo que vemos en ella?

La desigualdad de condiciones, que tiene su origen en la naturaleza y su justificación en la necesidad.

El peligro de llevarla más allá de los límites necesarios, y como, pasándolos, los sentimientos se pervierten y las razas se degradan.

La tendencia innata del hombre á reconocer la autoridad, á respetar la jerarquía, á establecer el orden.

Lo absurdo de desplegar grande aparato de fuerza para establecer lo que se establecería por sí solo.