No nos atrevemos á esperar que se impresione y modifique de este modo el ánimo de los que hayan leído este escrito; pero consistirá en que no hemos tratado el asunto como debía tratarse. ¡Dichoso el que, colocándose á la altura que requiere, haga brillar la verdad con todo su esplendor! ¡Dichoso el que desvanezca con irresistible lógica vanas esperanzas y temores insensatos! ¡Dichoso el que arranque de raíz tantos peligrosos sofismas, y dé al derecho tan ancha base que pueda resistir las oleadas del error, del interés y de la cólera! ¡Dichoso el que, viendo la cuestión de la igualdad por todas sus fases, pueda mostrarla cual es, y sustituya á las prevenciones hostiles los afectos benévolos! ¿Pero quién es bastante poderoso para conseguirlo, para intentarlo siquiera?

En nuestra época, las luchas materiales, aisladas de las del entendimiento, si por acaso existen, duran poco; todo brazo que se levanta y hiere y vuelve á herir, sabiéndolo ó sin saberlo, obedece á una idea, y si pudiera establecerse la armonía en las regiones de la inteligencia, reinaría muy pronto en el mundo material: de aquí la importancia de la teoría, y su poder y su responsabilidad. La teoría forma escuela; la escuela forma partido; el partido forma en batalla las masas armadas ó los ejércitos, y los ejércitos y las masas, acentuando su cólera con el estruendo de la artillería, escriben con sangre todo lo que han aprendido. El error y la pasión, llamando derecho á una igualdad imposible ó á un privilegio injusto, han formado el símbolo de la guerra; apresurémonos á rectificar las ideas, á investigar la verdad, y sin más que formularla, escribiremos el símbolo de la paz.

No podemos concluir este escrito sin manifestar un recelo que nos aflige. El lector, ¿dudará de la sinceridad de nuestras palabras porque á veces parece como que sostenemos el pro y el contra de todas las opiniones, ejercitándonos en una especie de equilibrios intelectuales?

Acaso se disguste de ver que no somos aristócratas, ni demócratas, partidarios del privilegio, ni niveladores, y aun sospeche de nuestra fe política notando nuestros recios ataques á campos opuestos, porque en materias en que la pasión deja rara vez de tomar parte en los fallos, suele llamarse escepticismo á la imparcialidad. Y no es que nosotros presumamos de la nuestra: hemos empezado y concluímos desconfiando de ella; mas queremos hacer notar que el asunto está entre dos escollos: ser parciales ó parecer escépticos; tal vez hemos dado en entrambos, porque no basta ser sincero para ser exacto; hay una imparcialidad que está en la inteligencia, y consiste en ver todos los lados de una cuestión; hay otra, la del corazón, que consiste en decir con lisura lo que se ve: nosotros no podemos responder más que de esta última.

Nuestro modo de discurrir podrá chocar alguna vez con las preocupaciones de la gente despreocupada, que son las más arraigadas; pero cuando hemos creído ver clara la verdad, no hemos vacilado en formularla, porque el error es una arma que acaba siempre por dispararse contra el que la emplea, y hay riesgo en suprimir la lógica de los razonamientos no pudiendo suprimir la de las cosas. ¿De qué sirve decir al pueblo ni á los poderosos: «Marchad por el vasto campo que os abre nuestro buen deseo», si se verán detenidos por la realidad, esa jaula férrea, cuyas barras no ceden nunca y rompen los miembros del que intenta forzarlas? ¿Cuál es el más amigo del pueblo? ¿El que niega la existencia de sus males y los cubre con recamado manto, ó el que los pone de manifiesto para curarlos? ¿Son un bálsamo para los dolores reales las mentidas seguridades de que no existen? La beatitud que proporciona el error es como la del opio: mata al que á ella se entrega, y la verdad es la lanza fabulosa, cura las heridas que hace.

FIN.


NOTAS:

[1] Este trabajo fué hecho en 1862, y revisado por vez primera en 1876. No debió mi madre darlo por terminado en esa fecha, cuando en 1892 volvió otra vez á repasar lo hecho en 1862 y 1876. En esta labor había llegado hasta el final del capítulo II de la segunda parte; pero ni aun lo anterior lo consideraba concluído, puesto que el borrador del índice tiene entre paréntesis la indicación de (provisional).—F. G. A.