CAPÍTULO II.

DE LA IGUALDAD, DE LA IDENTIDAD, DE LA SEMEJANZA Y DE LA EQUIVALENCIA.

La igualdad sin diferencia alguna entre las personas, sabido es que no existe, y aun las cosas que no acertamos á distinguir no son idénticas. Si lo parecen las hojas de un árbol ó las arenas del mar, es porque no las observamos bien, ó porque no tenemos medios adecuados de observación: á medida que ésta se perfecciona más, halla más diferencias; tanto, que conocer es distinguir. Nos parecen iguales las ovejas de un rebaño que el pastor no confunde, y dos gotas de agua que ponemos como ejemplo de cosas idénticas, con el auxilio del microscopio se ve que no lo son.

Si la igualdad entre los hombres no es, no puede ser la identidad, resultará, pues, de cierto grado de semejanza. Pero ¿qué grados de semejanza bastan para constituir la igualdad? ¿Cómo se miden estos grados? Hé aquí dos preguntas que es preciso hacer y difícil contestar. Por difícil que sea hay que contestarlas, porque ya se conceda la igualdad ó se niegue, necesario es razonar la concesión ó la negativa: reflexionemos, pues, sobre el asunto.

Hay que poner ruedas á un vagón, y han de ser iguales. ¿Qué necesitamos para decir que lo son? No que sean idénticas, sino que su semejanza sea bastante para resistir igualmente por cierto tiempo, para que se adapten á la vía de un modo análogo, no tengan demasiado rozamiento al rodar por ella, no descarrilen en las circunstancias normales, y no produzcan movimientos violentos y grandes desniveles en los carruajes.

Necesitamos una balanza: los brazos, los platillos, han de ser iguales. ¿Cuándo decimos que lo son? Cuando tienen la suficiente semejanza para que los pesos que hacemos con ella tengan la necesaria exactitud. Según tengamos que pesar patatas, oro ó gases, exigiremos entre las partes simétricas del aparato más igualdad, grados de semejanza proporcionados á los de exactitud que deseamos en el peso.

Necesitamos varios aparatos para elevar agua, iguales, y decimos que lo son cuando los cuerpos de bomba y los émbolos tienen bastante semejanza para efectuar próximamente el mismo trabajo.

Construímos una escalera con peldaños, que tenemos por iguales si á la vista lo parecen, asemejándose bastante para que al andar por ella no se tenga la molestia que resultaría de su mucha desigualdad.

Podrían multiplicarse los ejemplos, resultando siempre que en las obras materiales se llama igualdad cierto grado de semejanza.

Debe observarse, además, que tácita ó expresamente se prescinde, al calificar de iguales las cosas, de diferencias que, aun cuando grandes, no influyen de una manera apreciable en su utilidad para el servicio que han de prestar. Así, decimos que dos bombas son iguales si tienen las mismas dimensiones y efectúan el mismo trabajo, aunque estén pintadas de un color diferente.