—Pues, señor,—decíase Regina con despecho—aquí todos gozan, todos tienen un destino y un fin, una pasión, un impulso...
Y al sentirse fallida y miserable en aquel raro centro de actividad, fué quedándose inerte, petrificada, con sensación de frío y de reposo, como si fuera á morirse.
Pero la muerte así, no era medrosa ni cruel; al contrario, muy tranquila, muy suave, bajaba desde la cabeza, destrenzando á la dama los cabellos y echándole en los ojos la pálida sombra de un cipresal; después la besaba en los labios, con una ráfaga de hielo que extinguía dulcemente la voz y los suspiros de la moribunda; y, por fin, le hacía un pequeño tajo en el corazón, por el cual se le escapaban á Regina los residuos de sus odios y sus amores, en flujo apacible y benéfico... ¡Qué descansada se quedó!... ¿Era aquello estar muerta, como Daniel, como Jaime, como todos los huéspedes del camposanto, tendido en el argomal?... ¿Estaría disecada, igual que los peces del laboratorio?...
Un átomo vivo de la memoria fluctuó en la rubia cabeza desmayada, y, de repente, aquel punto animado del pensamiento se arrebató con locos terrores:—¿Qué habrá detrás de los cipreses, al otro lado de la sombra y del frío, de la quietud y el descanso?—gritó el minúsculo vigía de la inteligencia.—Y la voluntad, alarmada por la terrible pregunta, estremecióse toda y despertó.
—Señorita, el correo—anunciaba Marta, presentando una bandeja.
Regina tardó un rato en reconocerse. Examinó los muebles y la estancia, y, hallándose al abrigo del sofá, entre edredones y cojines, fué recordando cómo se había muerto, después de una sorprendente conversación con Adolfo... Sí, era verdad: la hendedura del corazón prevalecía; rencores y cariños, aun aquellos tan leves y menudos que le quedaban como un poso de sus luchas para vivir y amar, se derramaron totalmente durante aquel sueño indefinible. Sintióse ligera y helada, igual que una vedija de nieve.
—Morir, ¿no es soñar?—se dijo.—¿No podría suceder que yo estuviese muerta y que soñara pasajes de mi vida?
—¿La señora no quiere abrir sus cartas?—insinuó la doncella.
—Sí quiero; dámelas—respondió la «difunta» con grato acento. Extendiendo la mano, recogió los sobres, uno de los cuales, con orla de luto, llamó su atención.
—Letra del doctor Marín—dijo.