¡Tampoco estaba en la ribera!—se duele al recordar que persiguió la ilusión de ser feliz al través de los mares y de los mundos. Y sin dolor ni amargura se quedó pensando en la isla verde y florida, desde la cual demandó á la costa patria un refugio placentero, sabe Dios cuándo, tal vez en época ilusoria.

En la imaginación doliente de la dama es la isla un vergel abandonado, un plantío de cipreses y cruces donde duerme la niña de Marín, mientras su padre corre detrás de una ilusión.

Por aquel escenario de fuga y abandono pasa tranquilamente una moza descalza, muy contenta, con un dedo sobre sus labios rojos, en señal de silencio. La reconoce Regina, y, al verla sonreir con vivo gozo piensa que esta criatura es digna de guardar el vergel de los sueños, la isla de las ilusiones; porque va pisando, sin ruido y sin alardes, rosas de felicidad deshojadas bajo sus pies desnudos...

La dama rubia no tiene envidia como antaño, ni humor para hacer experiencias inverosímiles, como cierta noche primaveral en que se descalzó persiguiendo un mito. Pero le queda la memoria de sus ambiciones de ventura; tiende la mirada al paisaje, suspira y repite:

—¡La felicidad no estaba en la ribera!...

V

amor con amor se cura.—el profeta del almirez.—mentideros torremarinos.—un corazón por blanco.

Arde el estío. Murmura el robledal con tumulto de tenues rumores, y Carlos Ramírez pasea bajo la fronda en solitaria meditación. Parece más alto; inclina la cabeza como si le pesara la corona de la juventud; suspira y se detiene á menudo. El amor le duele como un mal de la vida, y el desengaño le agobia; pero sus pensamientos, que vuelan por el bosque á la par de los malvises, son tranquilos. Es que la dura pesadumbre del mozo tiene una alegría: Carlota ha resucitado en la impenetrable ausencia, al saber que su hijo no gime como adolescente, sino que sufre como hombre, iniciado en la ciencia trágica del amor. Sabia en amar la madre y en sufrir, fué clemente doctora para disponer los remedios al herido de amores; y á maternal milagro trascendía la convaleciente actitud que tomó el muchacho apenas sus lágrimas cayeron sobre las cartas benéficas de Carlota. A la pobre ausente le sirvió de ocupación divina consolar á su hijo; en la dulce tarea hallaba algún recurso la propia desventura, porque el secreto amoroso de aquella triste alma se derretía en halagos y promesas, derramándose en el papel como en un cauce bienhechor. La piedad y el sentimiento vibraron de tal modo en la pluma de Carlota, que, bajo el influjo de la eficaz medicina, Carlos sintióse renacer, lo mismo que si su madre le alumbrara á otra existencia más consciente y profunda; y la maravillosa caridad sostuvo al mozo en tan confortable sosiego, que no se atrevió á pedir goce mayor, cual si temiera romper con su codicia el hechizo de aquel hallazgo. Pero la ausente ofreció, pródiga, más bellas realidades, vertiendo en sus renglones la esperanza de entrevistas futuras y de una felicidad posible. Y Carlitos espera también animoso, porque la dicha de su hermana se proyecta como un sol nuevo en el horizonte amaneciente del muchacho.

Al resplandor suavísimo de aquella aurora que en su cielo sonríe, el doncel siente resucitar los fervores de su infancia; cree en los milagros celestiales y en las compensaciones providentes; reza y confía. Como si Carlota pudiera descender desde las nubes, volviendo hacia sus hijos con luminosa traza de aparición, le gusta al muchacho peregrinar por las cumbres de la selva, absorto en santos consuelos, seguro de que un día las virtudes de su madre resplandecerán sin una sombra, con la diadema doble del mérito y el infortunio...