Pero incapaz de reducir á la disciplina la muchedumbre infantil de sus pensamientos, acabó por diseñar en las páginas unos muñequines de cabeza muy gorda y ojillos espantados, caricatura de sus ideas precoces. ¡Oh; el arte exige paciencia y esfuerzo doloroso; aprendizaje largo y difícil! ¡Jamás podría la soñadora someterse á tan duro ensayo! Escribir libros y tañer el piano y el violín; manejar los pinceles; hacer maravillas con mármoles y bronces, son cosas bellas y admirables, que despiertan asombro, curiosidad y devoción, pero no se logran sin trabajo y sin pena...

Regina, luego de llorar sobre las cuartillas de nieve, concluyó riendo como una loca al ver los fantoches que había dibujado.

—¿No es más cómodo y fácil—dijo al fin—gozar del trabajo ajeno y echar á volar la fantasía sobre todas las cosas del mundo?...

Dispuesto Jaime de Alcántara á cumplir sus propósitos paternales, preguntó á Regina qué clase de vida nueva quería emprender.

—¿Qué es lo que tú prefieres?—la dijo, como esos magos de los cuentos de color de rosa, que interrogan á las princesas sobre sus antojos, con una varita de virtudes en la mano.

La muchacha tenía prevenida la respuesta. Ya muchas veces se la había dado, en sueños, al hada visitadora de las juveniles fantasías.

—Quiero viajar—exclamó—. Este pueblo me aburre... Quiero ver cosas nuevas, atravesar tierras y mares, recorrer el mundo...

Había una infinita impaciencia en estas palabras, un desmán de curiosidades y deseos contenidos, el ímpetu brioso de una juventud enérgica y temeraria una ardiente sed de comprobar en el libro grande y abierto de la vida, cuanto la muchacha leyera en los otros libros, desatentada y febril.

—¡Viva la bohemia!—pronunció de repente, con un grito que hizo huir á los pájaros del huerto.

Jaime, halagado en sus gustos nómadas, estrechó en sus brazos á la niña, repitiendo alegre como un colegial en vacaciones, los versos de un poeta francés, amigo suyo en París: