Y el balandro siguió su carrera loca entre las irritadas espumas, irguiéndose con terribles saltos como si fuese á volar, cielo arriba, con las alas crepitantes de sus velas, y escorando después, á riesgo de hundirse en las abiertas fauces del mar. Los lonas, henchidas por el viento, gemían trépidas, y el agua, turbia, crespa, rebelde, saltaba como sacudida por interiores y profundas cóleras.

Sentíase Velasquín orgulloso de su propia temeridad, con la embriaguez del peligro, fascinado por la hermosura trágica de la escena, azotado por el viento, estremecido por las olas, presto á domeñar las fuerzas inertes de la naturaleza, allí entre dos abismos indómitos y al alcance de las miradas de Regina. Puesta la mano en el timón, igual que en un cetro, contemplaba el joven las revueltas ondas, que se erguían junto al balando, flexibles y elásticas, muelles, redondas, insinuantes, como brazos y senos de mujer, coronadas de espumas, de flotantes cabelleras con rizo de nieve. El hondo piélago sabía también de carantoñas y de halagos para esconder falsías y traiciones.

De nuevo se oyó, con más fuerza y estruendo, el crujido del mástil. Pablo se puso en pie y clamó:

—¡Arribe, don Adolfo; arribe y cace escota!

Mas ya era tarde. Roto el mastelero por la encapilladura, vínose abajo con temeroso ruido y quedó pendiente de las jarcias; aflojóse el estay, cayó la vela, y escoró la nave, á punto de rendirse. Sin pérdida de tiempo se puso Pablo á desatar las drizas; pero la balumba de cuerdas y lonas abofeteadas por el vendaval, crujía y aleteaba, como un albatros herido de muerte.

Miraba todo aquello Velasquín, ajeno á los peligros del naufragio, con el hechizo de un pañuelo que viera tremolar allá arriba en la cumbre serrana. Por una especie de telepatía misteriosa, aquel pañuelo, agitado con angustia en las manos de una mujer, dió al mozo alas y bríos, le empujó mar adentro, hacia el abismo traidor.

Oculta estaba la ribera tras el hervor del oleaje; pero las peñas del arrabal, escalando el horizonte obscuro, se dibujaban sobre el fondo gris del cielo con la robusta crudeza de un agua fuerte. Los matices sombríos de la montaña; la recia arquitectura de las rocas; el bajo vuelo de las nubes; el cariz lúgubre del océano, daban la impresión de un lienzo de tragedia, de un crepúsculo universal.

Hay horas en que los hombres más cabales se sienten arrastrados por una fuerza secretísima, invencible, superior á los bríos de la voluntad y la razón; así, Velasquín, el mozo alegre y ligero, movido de extraños resortes, jugaba con la vida y con la muerte, como un sonámbulo. ¿Era la sugestión de aquellos ojos, clavados con ansia en el mar desde la casita blanca y verde? ¿Era el embeleso de aquellas olas, bellas y falaces como los ojos de la mujer?

La furia de un maretazo despertó al joven de su tórpido ensueño; recobró el instinto de la vida, y ordenó á Pablo, que se debatía entre las revueltas jarcias:

—¡Deja eso, deja eso!... ¡Pícalo todo!